domingo, 23 de septiembre de 2012

LA IMPORTANCIA DE LA LECTURA EN EL SIGLO XXI





Me place saber que aún hay personas que opinan con un marcado sentido social y no se quedan en la superficialidad. Tal es el caso del columnista Alonso Sánchez Baute, quien escribió hace días un texto sobre la lectura en un periódico de la costa. Creo que es diciente e invita a pensar, aunque pueda haber algunos que no alcancen a vislumbrar la intencionalidad de su texto y no lo trasciendan porque no poseen las herramientas conceptuales para inferirlo.
Sí, la actividad lectora trasciende lo literal. El texto solicita del lector actos cognitivos complejos que muchas veces no se realizan por  pereza mental, creada y alimentada cotidianamente; o también, porque no existe la preparación para abordarlos y asimilarlos. Aquí todos tenemos culpa: la familia, la iglesia, la escuela, el estado, la comunidad, los medios, entre otros actores sociales. Es hora de resarcir esa gran falencia histórica. Quizás con programas o con campañas que muchas veces no son evaluadas para saber si hubo o no beneficios, pero que pueden ser aprovechadas por los “ingenieros sociales”, los maestros, para sacar provecho de ello y generar una cultura por y para la lectura y la escritura críticas.
Leer, ¿para qué? Se piensa que es una actividad más para pasar el tiempo de ocio o para responder preguntas en los exámenes. Esas son actividades de las muchas que pueden realizarse con la lectura. Sin embargo, si se analiza con sindéresis se hallará su significado, sentido y funcionalidad social, cultural y científica. Leer es dialogar con los tiempos; intercambiar ideas, rumiar el texto, trabajarlo, comprender e interpretar. No es repetir. Es una construcción de dos seres que debaten y combaten para no dejarse vencer el uno del otro. Leer para la rebelión y la revelación.
No se puede seguir en “la cárcel del subdesarrollo”. El conformismo y la desidia quizás sean los artífices de una sociedad aletargada por los mass-medios. Tal vez la brecha cognitiva y cognoscitiva entre una clase y otra, si verdaderamente hubiera un política lectoescritural, no existiría, puesto que  sería una ficción. Pero, el abismo es inmenso.
Nuestra permisividad por aceptar la mediocridad nos hace muy endeble para contrarrestar los verdaderos intereses de gobernantes, que miran con desdén a quienes no nacieron con abolengo ni dinero.
Hace días un profesor renunciaba a su cátedra universitaria, tal vez simbólicamente, para poner el dedo en la llaga de nuestro sistema educativo. Esta situación debería analizarse en doble vía: desde la percepción del maestro como la de sus estudiantes. No sé si ellos se manifestaron. Allí se aprecia la reiteración o el sobre-diagnostico que desde hace décadas se hace de niños y jóvenes colombianos: nuestros niños y jóvenes no saben leer. El famoso cuento del gallo capón.
El problema radica en la forma como se trata la enfermedad. En un documento del lingüista Noam Chomsky “Diez Estrategias de Manipulación” que utilizan para hacernos ovejitas, se percibe que las distracciones recibidas cotidianamente se emplean para desviarnos la atención de “los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en todas las áreas del saber. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, sin ningún tiempo para pensar” es la estrategia. Cualquier parecido con nuestra realidad es pura coincidencia.
Asimismo, la estrategia del estimulo de lo mediocre “Promover al público a creer que es “La moda” ser simple, estúpido, vulgar e inculto. Instando a tratar como a “Bicho raro” a quien piensa más de la cuenta. ¿Irónico, no?”. Es una de las estrategias más empleada por la televisión. En este caso, quien piense diferente hay que excluirlo o desaparecerlo; es enemigo y no debe vivir. ¿Irónico, no?

BACANTES Y PLAÑIDERAS DEL PAIS DEL “TODO PASA Y NADA PASA”







Si mal no estoy, en el siglo V a.C, en la Grecia clásica, emergieron las Bacantes, ese grupo de mujeres adoradoras de Baco, que les rendían tributo al dios del vino; de manera similar, en el “País del todo pasa y nada pasa”, surgieron los seguidores y adoradores del pensamiento de un  “Seudo Gran héroe”, con la diferencia que éstas no danzan ni disfrutan los momentos de éxtasis, sino que lloran amargamente. En ese país amnésico y adormecido, que intenta levantarse y caminar como Lázaro, pero que no lo dejan porque no conviene que se descubra a sí mismo, estas impúdicas lanzan improperios y expresiones infundadas contra aquel que ose oponerse a su héroe.
Ese “Seudo Gran héroe”,  modelo de persona que no deja de molestar, no obstante encontrarse en uso de buen retiro, después de haber desangrado y engañado a esa nación, tiene a sus áulicos y bacantes, cual canario montuno y silvestre, comiendo diariamente con trinos disonantes. Pero lo que más llama la atención de esto es la similitud que posee la actitud de éste con aquellos héroes trágicos. Araceli Laurence, en  Locura y destrucción en el teatro griego clásico, escribe Los héroes trágicos, en general, tienen muchos puntos en común con los locos: son destructivos, se matan a sí mismos y matan a otros, se enceguecen y dejan ciegos a otros. Los héroes trágicos ven las cosas de un modo particular, solo ellos tienen esa visión: Antígona rechaza a su hermana Ismene porque no ve las cosas como ella, la primera es una heroína, la segunda, no”. Pareciera que el tiempo se hubiera detenido en ese espacio para estar asistiendo a la escenificación de una gran tragedia griega donde los locos intentan ser dioses o algo así por el estilo.
Sin embargo, no deseo realizar un estudio histórico sobre las Bacantes porque no sería ecuánime con su aporte al desarrollo de una de las manifestaciones del arte escénico, sino hacer un cuadro comparativo entre ellas y un grupo de Bacantes más actualizadas y estilizadas que diariamente aplauden y vitorean a su “Seudo Gran héroe” como si éste fuera el culmen de la intelectualidad y la síntesis del pensamiento equilibrado. Esto es, Bacantes disfrazadas de, lobos blancos y lobas negras, tigrillos, monos, orangutanes, eunucos y seudointelectuales con ánimo de sobresalir y desempeñar papel protagónico sin tener un ápice de materia gris para discernir entre el bien y el mal, o de, mínimamente,  ser capaces de no beber la amargura o ese icor de dios olímpico que destila por la herida, su “Seudo Gran héroe”,  para no ser considerados idiotas útiles a una causa perdida desde hace rato.
Aunque hay una diferencia enorme entre unas y otras. Mientras esas mujeres gozaban de su dios con sus danzas y orgías extáticas; los seguidores acríticos del “Seudo Gran héroe” pierden el placer de gozar por estar ofreciéndole éste a su líder. Inmersos en su idolatría se adormecen no enterándose que amaneció hace rato y que la terrible noche cesó, mostrando que se cometieron desplazamientos, violaciones, desapariciones, invisibilizaciòn, persecución y asesinato sin el menor recato ni sensibilidad ante hijos, hermanos, madres y esposas. Que el día llegó y los rayos solares alumbraron una realidad que hace ser conscientes a sus ciudadanos de la importancia de la reconciliación.
También  se puede comparar a este grupo de personajes paranoicos con el de las tradicionales plañideras. Mientras las plañideras muy llorosas y expresivas no sabían cómo ni qué decir cuando perdían a sus seres queridos; las plañideras del   “País del todo pasa y nada pasa” se dedican a despotricar, desde todos los medios habidos, contra todo lo que huela a pueblo. Un coro quejumbroso y suplicante se eleva al Olimpo pidiendo el castigo eterno a quienes se opongan a sus percepciones e ideas; pues, no les gusta ni la paz ni las reformas ni mucho menos el bien para los demás, sino la ley del embudo y la connivencia con lo ilícito y oscuro. Claro, hay que aclarar que las  diferencias entre unas y otras, cuando se dan eventos diferentes, es muy enorme.
Por ùltimo, es bueno anotar que el término plañidera tiene la denotación, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, de  “Mujer a la que se pagaba por ir a llorar a los entierros.”. Teniendo además  los consabidos sinónimos de llorona, suspirante, sollozante. Asimismo, se enuncia la acepción  de plañidero como lastimero, suplicante, llorón, quejumbroso, quejica, etc. Se trae a colación esta comparación para ilustrar metafóricamente la situación que se da entre los seguidores del Seudo Gran héroe” y los hechos y eventos de ese país enfermo por la peste del olvido.
Referencia
Laurence, Araceli, Locura y destrucción en el teatro griego clásico:   http://www.ucm.es/info/especulo/numero38/locuragr.html

viernes, 14 de septiembre de 2012

El maestro: Entre la realidad y la ficción



(In Memoriam a Emery Barrios Badel)

Autor: Edinson Pedroza Doria*

“Enseñar debe propiciar un aprender comprendiendo,
atendiendo lo que se está haciendo,
para que no siga siendo una simple recepción mecánica, sensible”

José Iván Bedoya

Un destello de luz blanquecina partió en dos mitades su pensamiento. Sólo así, de esta forma, pudo comprobar que existía, que estaba respirando y que había nacido para  dejar su indeleble huella en este valle de pesares, lágrimas y alegrías. Un momento de éxtasis lo invadió y alcanzó a comprender que enseñar es cosa de artistas. Que debía poner en ese quehacer un poco de sí, de su existencia. Sintió miedo del mundo, pero su amor era grande para dejarse vencer por las adversidades. A lo lejos pudo distinguir el mar quieto de sus ancestros y no tuvo más que ver la cadencia de los alcatraces lanzándose una y otra vez contra la lámina gris de aguas salitrosas e indómitas que sitia  la ciudad por el norte y luego la penetra hasta hacerla suya.

El maestro sabía que había personas que afrentaban su oficio y que creían que enseñar es instruir o tirar información para que los otros repitan como  autómatas. Muchas veces intentó explicarse el porqué los demás no comprendían la universalidad del ser maestro; pues lo miraban con desdén cuando él comenzaba sus charlas. Sintió en su carne viva el suplicio de la afrenta y pidió perdón por ellos.

Muchos atrevidamente, desconociendo totalmente lo que es ser maestro, lanzaban improperios contra todo lo que oliera a magisterio. Él lograba comprenderlos y les perdonaba porque sabía que nunca habían conocido el amor al prójimo ni mucho menos el significado del conocer, del aprender y de enseñar. Estaban llenos de opiniones vagas y erróneas, y eso los hacía endebles cuando intentaban argumentar.

El maestro pensó que eso ya lo había vivido otras veces; quizás  todo había sido un sueño mil veces soñado en otros tiempos de abundancia, cuando la miseria de espíritu no existía; cuando su padre le enseñaba a través de parábolas, que era mejor aprender a pescar para mitigar el hambre, que tener un pez para el momento.

El pensamiento del maestro se fue diluyendo en brillos milenarios, repartidos en pedacitos multicolores cargados de ese afecto que sentía por los más débiles; luego esas ideas recurrentes se fueron incrustando en los meandros de su memoria. A él le hacían sentirse más fuerte y con ganas de seguir enseñando con  sabias palabras. Mirar el mar le reconfortaba, más cuando el sol comenzaba a fenecer, avisando el ocaso del día.

Entonces se perdió en las profundidades oscuras de la meditación;  una lluvia de interrogantes brotó cual manantial  catalizador de  su energía vital. Verdaderamente ¿Era un artista? ¿Era un maestro o un enviado de la providencia para recibir los escupitajos de sus enemigos? ¿Qué significaba poner parte de su vida para que los otros se saciaran con él, invisibilizándolo y considerándolo uno más de los tantos que hay recorriendo el mundo? Eran preguntas que nacían límpidas como  el niño recién nacido.

Una y otra vez se martirizaba con aquellos interrogantes. No sabía cómo responderse, aunque su cabeza era una caldera ardiente de ideas y proyectos que intentaban desbordarse hacia sus discípulos. Pensó que de su obra, de sus palabras no estaba quedando nada. Se lamentaba cuando conversaba amenamente con nosotros de esos temores arraigados en su ser, pero no daba su brazo a torcer. No era tan cobarde  y los retos lo hacían un verdadero líder.

¿La humanidad quizás lo estaba olvidando o lo relegaría al cuarto de los trastes viejos? No lo podía afirmar categóricamente.  A pesar de todo se empecinaba en enseñar, porque la clarividencia de un futuro mejor lo estimulaba a no abandonar sus propósitos. Aún tenía la esperanza de una vida equilibrada. Para él enseñar era belleza que disfrutar y deleitarse.

En él pervivía una voracidad casi  enfermiza de crear y de ayudar a construir un mejor “status” para sus discípulos y creyentes. Esa idea lo acompañó desde que decidió ser maestro de aquella masa apachurrada por la pobreza y desarrapada de jóvenes y niños que seguía sus enseñanzas.

El maestro recordó a su viejo maestro cuando éste  le expresaba con aquella lucidez de prestidigitador que “El estado mejor organizado es aquel en que todos los individuos que lo conforman convergen para lograr el fin político: la justicia, según sus diversas aptitudes o disposiciones naturales”. Sin embargo, ahora no era más que un maestro acosado por la incertidumbre de unos tiempos aciagos y violentos; pero, un maestro empecinado en seguir los dictados del corazón, la razón y la pasión de enseñar. Concebía la ignorancia como aquel estado de llenura; llenura de opiniones acríticas que se soportaban en el uso muchas veces de la fuerza bruta y opresiva de la insensatez; llenura porque no se hacía la reflexión de lo aparente, de lo que se cree es el verdadero conocimiento.

Volvió a sentir en sus cansados huesos la energía de la juventud acumulada en sus saberes y pidió con el corazón en sus manos porque todos comprendieran que “el amor por el saber no se agota en su adquisición o en su transmisión, sino que consiste en última instancia en saber despertar la verdadera dinámica para que se desarrolle completamente en forma autónoma”.

La búsqueda de la belleza y el conocimiento le había conducido a entender que su esencia no era terrenal; que estaba en otra dimensión, en un estado místico de epifanía.  Él siempre creyó que detrás de todo, una fuerza poderosa le guiaba siempre su imaginación. Se aferraba con fuerza para no caer de ese mundo incomprendido por la mayoría, pero que lo motivaba a seguir soñando por lo que él creía. Dejó que sus huesos descansaran un poco para continuar con su recorrido mental.

Un pensamiento ágil y dinámico lo acompañaba a componer y descomponer ese rompecabezas cotidiano que el común de los mortales critica sin saber, desconociendo cómo se realiza ni cuál es el tiempo y la zozobra que se sufre en su cristalización.

Reducido a esa actividad enfermiza de crear siempre pensando en los demás, buscaba formas de hacer que sus enseñanzas fueran diferentes y cumplieran sus propósitos. No quería quedar con el remordimiento de haber existido y no haber tenido la valentía de manifestarse bellamente con sus palabras y sus actos.  Caía en un vórtice desesperado al no encontrar una salida rápida a sus deseos inmediatos y apremiantes: ver a sus discípulos guiando con consejos a una muchedumbre ávida de justicia y amor.

El maestro con el ancestral mecanismo de mantenerse escuchando la música del mar interpretada por las gaitas y tamboras de su tierra, engañaba la premura de los tiempos del olvido. No decaía tan fácilmente, porque sus sueños serían soñados y cumplidos por otros. Sus huellas quedarían para la posteridad. Sintió un descanso perenne y un sopor tranquilizador le invadió todo el cuerpo. Parecía que su corazón se dividía en pedacitos luminosos. Era el momento, pensó; cerró sus ojos y se olvidó de él, extasiándose del deber cumplido.

No se dejó engañar por la dulzura aletargante del momento y suspiró haciendo entrar en sus pulmones el aire pegajoso y salobre de aquel septiembre caribeño.

El sol aún no se ocultaba. La brisa le recordó el compromiso que tenía aquella tarde con sus discípulos y compañeros. No supo qué hacer y recordó lo leído en algún libro védico: “todo discípulo debe tener conciencia que desear conocer, que necesitar conocer, debe mantener o preservar ese deseo como una aptitud incesante que le va a permitir dinamizar en él un verdadero proceso de conocimiento autónomo”. De belleza y libertad, diría él.

Sintió una liberación plena. Sus demonios quedaron encerrados en un pretérito infecundo. Ya no habría que temerle a la desesperación de tener que salir de aquel encierro y tener que cargar con ellos, pues, ahora, todo estaba como el destino se lo marcaba en las estrellas,…un camino lleno de tulipanes añosos le enseñaría a meditar desde la otra orilla del océano. Se maravilló de su descubrimiento. Dejó escapar una sonrisa rosada de su boca. La máscara, que por mucho tiempo le ocultó su verdadero rostro, cayó al piso de tierra y comenzaron a brotar los sentimientos de inmortalidad que le hicieron alcanzar la máxima excelsitud del artista y del maestro: haber descubierto que la belleza se encuentra en la simplicidad de las cosas. Que la naturaleza no niega su esencia. Que se puede morir cuando se tiene conciencia de la misma muerte.
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*Docente de español y Literatura del Distrito de Cartagena de Indias en la Institución Educativa Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de Comunicación Oral y Escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco.
Nota: Algunas ideas entrecomilladas fueron sacadas del libro Epistemología y Pedagogía, ensayo histórico crítico sobre el objeto y método pedagógico, del Profesor: Bedoya, José Iván, Ecoe ediciones, Sexta edición, 2009.

LA ODIESEA DE PEDRO PUEBLO




Médicos. Hombres de suerte.
 Sus éxitos brillan al sol...
y sus errores los cubre la tierra.”
(Michel E. De Montaigne)

La mañana aún no ha permitido que el sol salga a dar los buenos días a esta sufrida masa de personas que, guareciéndose de la pertinaz lluvia,  espera que abran los consultorios de la clínica donde son atendidos con displicencia por una caterva de “Nuevos profesionales de la medicina” desde hace unos años, quizás con los mismos problemas que ellos o tal vez peores. No se sabe.
Ya la imposición del nuevo sistema de salud ha hecho de las suyas desde aquel diciembre veintitrés del noventa y tres. Jamás se pensó que sería la invisibilizaciòn y el deterioro de la condición humana en un país tan creyente a la virgen y al sagrado corazón, donde nos matamos por un gol y nos damos golpe de pecho cuando alguien critica fuertemente las anomalías, acudiendo a nuestra limpidez y asepsia moral. Sin embargo, allí estaba esa masa humana o “Pedro Pueblo”, como se le conoce, esperando, o mejor dicho, suplicando algo que estaba reglado en una ley hecha quizás para controlar la natalidad y el crecimiento demográfico. No se sabe cuáles fueron sus verdaderos propósitos ni quien los craneò  con tanta malevolencia. O tal vez se sabe, pero no nos atrevemos a decirlo por temor a desaparecer.
“Pedro Pueblo” muchas veces suplica a través de  tutelas para que lo  atiendan y lo dejen vivir, no obstante  la voracidad y la deshumanización de los dueños de esas empresas de muerte. Él no quiere morir abandonado de la mano de Dios por la insensibilidad de estas bestias y la abulia estatal.
El tiempo transcurre como si no fuera valioso para ellos. “Pedro Pueblo”, protegido con un viejo periódico, espera tejiendo y destejiendo, tal como Penélope de Ulises, las palabras con las cuales lo ilusionaron cuando apenas se hablaba en los salones y círculos políticos de las ganancias, ventajas y negociados que se podían obtener con la creación de clínicas y centros de atención de salud para él. A su mente llegaban a raudales imágenes y palabras de entrevistas de gurúes, expertos y especialistas que se aventuraban a vaticinar una sociedad equilibrada e igualitaria tutelada por un estado y unos gobiernos democráticos, defensores de sus derechos de la salud y el bienestar social y de unas empresas de salud límpidas y deseosas de servir a todos. Noticias lanzadas al aire por la radio, la prensa escrita y la televisión de los beneficios de esa nueva estructura empresarial para atender la salud de la gente. Eran la panacea del gran cáncer y la deteriorada salud del país y el sucedáneo ideal del I.S.S. Total, no había quien rebatiera con buenos argumentos las desventajas del nuevo sistema y quien lo hiciera era enemigo del sistema y estaba en la lista negra de los posibles desaparecidos.
Así una a una se fueron hilvanando algunas relucientes palabras  de la ley 100, convertidas en interrogantes en la mente de “Pedro Pueblo” : ¿Seguridad Social Integral?¿ disponen la persona y la comunidad para gozar de una calidad de vida?¿ cobertura integral de las contingencias?¿ lograr el bienestar individual y la integración de la comunidad?¿ derechos irrenunciables de la persona y la comunidad para obtener la calidad de vida acorde con la dignidad humana?¿ obligaciones del Estado y la sociedad, las instituciones y los recursos destinados a garantizar la cobertura? ¿El servicio público esencial de seguridad social se prestará con sujeción a los principios de eficiencia, universalidad, solidaridad, integralidad, unidad y participación? Mientras  Pedro Pueblo va interrogándose, es atendido sin ser auscultado como debería hacerse en toda consulta médica, pues el médico sólo le presta atención al software del computador para prescribir el  Ibuprofeno genérico, la Tiamina de siempre, con el antiparasitario perenne, después de preguntarle el nombre y la edad. El dolor y el abandono lo matan lentamente y  le acrecientan las posibilidades de morir sin disfrutar de una pensión. Pues ya ni trabajo tiene para alcanzar su pensión y si tiene el derecho a tal privilegio muy seguramente no lo disfrutará en esta vida. Así, con ese desconsuelo generalizado, “Pedro Pueblo” regresa a su casa con la convicción de curarse con las oraciones a sus santos predilectos. 

lunes, 28 de mayo de 2012

LA VIOLENCIA EN LA ESCUELA O LA DEFORMACIÒN DE NUESTRAS NUEVAS GENERACIONES




Lic. Edinson Pedroza Doria*

Estamos en el siglo XXI; siglo de cambios radicales en todos los frentes de la sociedad, especialmente en ciencia y tecnología. Asimismo, se han cambiado algunos de sus valores fundamentales por otros que dejan que desear y pensar. Valores añorados por muchos integrantes de la anterior generación, quienes ven como se derrumba la cultura que soportaba sus costumbres.

No obstante lo anterior, hay defensores acérrimos de estos cambios radicales, que expresan sin recato como sólido argumento aquél de que los grupos sociales merecen tener su identidad acorde a su época. Tal vez tengan razón en cierto sentido. Pues no se debe negar que el respeto y la tolerancia a las diferencias nos hacen más humanos. Nadie niega eso ni el más obtuso de los mortales. Pero habría que analizar la otra cara de la moneda; la que no ve con buenos ojos el desmoronamiento de principios y valores tan sustanciales como el respeto al otro, especialmente el generacional y la tolerancia.

Hoy, uno de los problemas más evidente en escuelas y colegios es la violencia de alumnos hacia docentes y viceversa y de alumno a alumno, llámese ésta, matoneo o como se le quiera decir. Ni el adulto al menor ni éste al adulto. Problema que trasciende la academia y permea la formación de las nuevas generaciones. He aquí uno de esos cambios.

Pareciera que la escuela, otrora espacio de convivencia y armonía, se convirtió en un campo de batalla. Pero no el deseado por los soñadores de una escuela para la batalla del intelecto y la creatividad a través del disenso, la discusión, la investigación, el estudio y el debate de las ideas, sino el de los golpes, el amedrentamiento, la discordia, la vulgaridad y el irrespeto.

La escuela dejó de ser la tribuna del saber y se convirtió en la hija de menos madre. Ahora es territorio de pandillas y bandas juveniles que se disputan la hegemonía sin que directivos y docentes puedan hacer algo por direccionarla y encontrarle su verdadero rumbo histórico. Pues la normatividad es laxa y no acepta que se corrija y se sancione ejemplarmente, sino que se realice el cacareado debido proceso. Acción que trasciende toda la actividad de la escuela, ejerciendo la connivencia con la impunidad y el amedrentamiento entre sus integrantes: maestros con miedo de ser golpeados y alumnos con el temor de perder sus vidas a la salida de sus actividades.

Aunque se sabe que todos tenemos el derecho a defendernos, mucha veces este debido proceso es caldo de cultivo para el ensañamiento hacia lo inadecuado y malintencionado. A diario se percibe en las calles: riñas, atracos e irrespeto entre adolescentes. Esto es, el reino de la contravención de los mínimos principios de civilización.

Los maestros ante esa situación sólo atinan a mantenerse a la espera de un milagro, pues ya no hallan el respaldo ni de padres ni de administradores de la educación. Todo se mantiene en datos estadísticos y porcentajes de violencia escolar, sobre- diagnosticada, y de cobertura como si el ser humano en formación no requiriera de corrección ejemplarizante, sino aceptación y asentimiento de sus acciones incongruentes de la civilidad como algo normal, así éstas contravengan la convivencia y los derechos de los otros.

Esa violencia, quizás, sea el producto o la consecuencia de muchos factores exógenos que van mucho más profundamente de la raíz de esta enfermedad endémica que sufre nuestra sociedad. Es decir, la consolidación de una cultura violenta que prima en cada uno de los espacios donde se realizan socializaciones humanas. Para ilustrar se tienen: los programas de radio y televisión con temáticas y lenguaje chabacano y rebajado; prensa escrita que destila sangre y pornografía a borbotones; administraciones de toda índole corruptas y dilapidadora de los intereses comunales; sacerdotes, padres, políticos, médicos, abogados, ingenieros,… violentadores de los mínimos principios, entre muchos otros por estudiar o señalar. Una descomposición social y familiar asfixiante que asesina lentamente a nuestras generaciones y al país.

Otro ejemplo sería el de las Unidades Administrativas Locales de Educación (UNALDE), antes denominados núcleos educativos, empeñadas en defender a ultranza comportamientos atípicos de alumnos sin conocer los motivos de fondo, que realizan recomendaciones descriteriada con el único objetivo de mantener cuotas de permanencia de estudiantes en el sistema, para que la nación les gire los dineros a las administraciones distritales, importándoles un reverendo comino la integridad de alumnos y docentes.

Sin embargo, esta aseveración no quiere decir que se viole el derecho a la educación del niño o del adolescente, sino que se deben buscar otros correctivos por fuera de la escuela, puesto que esos actos violentos verdaderamente sí atentan contra el bien común; el de los otros, los que si desean aprender y tener movilidad social.

Asimismo, habría que mirar con lupa los ejemplos cotidianos que reciben nuestros niños y jóvenes a través de los diferentes referentes que les sirven como elementos formadores; pues la escuela no es la única que educa. Ya se ha dicho que la familia, la iglesia, la comunidad, los medios, entre otras instancias también configuran la cultura del ser humano.

Lo anterior, según mi parecer, se podría afirmar con más ilustraciones que multiplican la violencia. Tal es la permisividad de las normas que legitiman con sus articulados la defensa de la infancia y la adolescencia, no obstante las infracciones cometidas por éstos no sólo contra los maestros sino también contra sus mismos compañeros dentro y fuera de la escuela, para de esta manera configurar, si no se pone talanquera, la delincuencia del futuro.



Aproximación crítica a la práctica pedagógica descalificadora de la autonomía y la libertad del ser humano en la universidad.




Por: Lic. Edinson Pedroza Doria*

“Gran parte de las dificultades que atraviesa el mundo se debe

 a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes, llenos de dudas”

Bertrand Russell



Los conceptos y la praxis  de la enseñanza, el aprendizaje, el conocimiento y la investigación analizados desde cualquier óptica de pensamiento, siempre van a tener importancia no sólo para los maestros o quienes fungen como tal, sino también para aquellos que desconocen la pedagogía. Esos  conceptos o pilares, llamémoslos así,  son las bases de la educación y sin ellos no habría acción pedagógica. Esto es, el porqué y para qué de la educación como filosofía de la existencia social.
Según mi percepción, son conceptos trascendentales para  quien se precie de ser maestro. Porque si desconoce los soportes pedagógicos y epistemológicos de su quehacer, sería como trabajar sin las herramientas requeridos para su labor. Es más, nunca habrá desarrollo en el proceso formativo si existiese apatía hacia esas conceptualizaciones fundamentales.

Sin embargo, no todo es color de rosa. Creo que todavía no se ha hecho un análisis sesudo de las incidencia del desconocimiento de los fundamentos anteriores en las personas dedicadas a “enseñar”- léase “instruir” actualmente-. Solamente se enuncian, mas no se les analiza con la cordura requerida. Tanto es, que en algunas universidades, autoproclamadas templos sagrados del conocimiento, aún no se han dimensionado ni en sus generalidades ni particularidades estas conceptualizaciones y se han quedado estáticas, sin hacer una reflexión crítica ante la crisis que atraviesan.  Y si la han hecho permanecen inexorablemente inmersas en un silencio cómplice, motivados  por la molicie  de sus actantes. Es decir, la ley del facilismo ha sido su accionar.

Igualmente,  se podría afirmar que se ve en ellas una educación que le hace el juego a la mediocridad hegemónica del establecimiento, olvidando su rol sociocultural y optando por la reiteración de información  como si el conocimiento no se construyera con el diálogo, la confrontación de tesis, la investigación y la reflexión crítica de sus actores. En este caso los docentes y los discentes, y sólo se materializara repitiendo lo que el otro dice o hace. 

En algunos contextos universitarios no existe el disenso, la discusión, la polémica. Todo ha caído en la aceptación pasiva de ideas vacías y débiles sin el peso específico de la reflexión madura e inteligente. La universidad se ha convertido en una caja de resonancia de la permisividad del “dejar pasar, dejar hacer” y el deterioro del pensamiento.

Sería bueno revisar las prácticas pedagógicas inmersas en los claustros académicos para dimensionar los alcances de una transformación de esta realidad globalizada, donde tal vez no tengamos cabida, sino para consumir sin  producir nada que aliente la transformación de la praxis. Si de  investigación se trata, se puede decir que los trabajos, aparentemente novedoso, no son más que cita de citas de lo que otros piensan o dicen. Afirmaciones enmarcadas en una realidad lacerante y desesperante que subyuga la creatividad  ¿Estaremos signados por el determinismo de una cultura poco dada al pensamiento crítico, pero apta para el facilismo y la ley del acomode? habría que preguntarse si somos maestros o muñecos de ventrílocuo de unos sistemas excluyente e invisibilizadores.

No obstante lo anterior, ante esa cruda y palmaria realidad,  se puede afirmar que todavía existen docentes, si se les puede nominar así,  con el prurito de pensar que hacer clases no es más que decir lo que dicen los textos sin ahondar en su análisis. Asimismo, creen que la lectura y la escritura, entre las otras habilidades lingüísticas y comunicativas, son cosas que le competen únicamente a los docentes de lenguaje, de comunicación o de humanidades. Consideran estas eminencias que dichas habilidades no son importantes en y para la preparación de los nuevos profesionales. Tal vez creen que la formación humanística no hace al nuevo profesional más humano, más amante de la existencia y de la vida, sino que es cosa de tiempos clásicos ya superados. El creer que la tecnología y la ciencia excluyen lo humanístico permite que tengamos una camada de profesionales deshumanizados y artificiales, que sólo se preparan para el “tener”. Miran la lectura y la escritura como trabajo extra.

En muchos casos, la lectura y la escritura se asumen  como un aditivo a su “trabajo” supuestamente pedagógico. Mirada obtusa y descriteriada, contraria a los mejores preceptos de la pedagogía holística, como también de la didáctica y de la metodología del lenguaje, entendiéndose éste último como la capacidad poseída por el ser humano para significar y comunicar. Entonces, ¿cómo representan sus estudiantes esas significaciones, representaciones y simbologías de los saberes impartidos? ¿Será a través de unas representaciones salidas del espacio exterior? No sé, habría que iniciar una aproximación para conocer esa otra realidad que subyace en la nueva academia.

Cabe destacar que infinidades de veces me he preguntado ¿qué enseñante no maneja en sus clases la oralidad, la escucha, la lectura y la escritura, entre otras dimensiones lingüísticas y comunicativas? Las respuestas pueden ser múltiples. Quizás  se ofrezcan desde percepciones que se tengan del aprendizaje y de la enseñanza como actividades angulares de la universidad. Pero, se debe comenzar a analizar que no todas pueden ser tomadas como ideales para el tipo de hombres y mujeres requeridos por esta sociedad homogeneizadora. En mi concepto, se requieren seres pensantes y desalienados, que catalicen sus capacidades para crear, innovar,  hacer y aplicar ciencia y tecnología desde sus prácticas laborales sin olvidar la esencia de la existencia. De allí la importancia de leer y escribir críticamente con un sentido elevado que sobrepase los niveles más bajos por los que atraviesan nuestros jóvenes universitarios, y quizás muchos “maestros”, y se inicie un proceso de investigación donde se lea para investigar y se investigue leyendo y escribiendo con los pies en la tierra.

No debemos olvidar que muchos  docentes han sido formados en escuelas de pensamiento rezagadas ante las exigencias de esta época. No se han dado cuenta que la sociedad no es la misma de antaño, que la escuela – Universidad -  no debe  instruir, sino formar integralmente al ser y construir saberes a través de la investigación. Pero para realizar estas actividades se debe leer y escribir con el pensamiento puesto en la realidad. Estos profesores anquilosados y descontextualizados, fenecen lentamente y se les puede decir  metafóricamente  que son una  talanquera para la movilidad social de un país urgido de personas bien estructuradas para el desarrollo y el progreso. 

Como un elemento para ilustrar lo anterior, analicemos un poco de historia. Se puede encontrar que en  siglo XVIII se impuso la reforma más radical en  la historia de la educación: la escolarización obligatoria. “los niños  entre cinco y trece años debían  asistir a las escuelas, construidas por el Estado. Allí́ se ponían en práctica los principios de la producción industrial. Los alumnos se sentaban mirando al profesor, símbolo de la autoridad absoluta,  quien los atiborraba de información y propaganda, a fin de “cargar” de datos sus cabezas, como si se trata- se de canecas vacías”. Quizás aún algunos docentes practiquen lo mismo, queriendo detener el tiempo y manejando un poder excluyente e invisibilizador de las potencialidades de los seres humanos.

Es hora de discernir y comenzar a vislumbrar otras luces en el túnel donde nos encontramos. No se puede amarrar el tiempo sin analizar el daño que se comete cuando se castran las potencialidades de las nuevas generaciones por el empecinamiento en hacer lo que no se debe hacer, una practica educativa para el subdesarrollo, y América no puede darle la espalda a librepensamiento y a la liberación, ya ofreció su cuota de sacrificio y merece desalienarse.

Por último, es bueno manifestar que el conocimiento, el aprendizaje y  la enseñanza no  deben ser  actividades  vistas fuera de su esencia transformadoras,  que solo sirven para llenar espacios de tiempo con ideas iteradas una y otra vez, creyendo que por osmosis entre los estudiantes, sin planeación y sin estrategias puntuales se pueden transformar las estructuras mentales de jóvenes y adultos. Es el momento de mirar lo que se puede hacer cambiando la tradición de la información por actividades de lectura, escritura, reflexión, discusión e investigación serias y con sentido pedagógico.  El conocimiento total de la didáctica, la  metodología y la pedagogía son la piedra angular de una buena  práctica docente, claro si se practican sin discriminación.

Recordemos que enseñar no es pararse ante un grupo y llenarle la cabeza de aserrín con fechas, fórmulas y recetas que supuestamente  benefician su desarrollo cognitivo y cognoscitivo. Enseñar es catapultar las capacidades del ser humano sin imposición ni coerción. No es pertinente creer que la instrucción por si misma   hace grandes cosas para transformar la realidad. Puesto que esa  percepción es muy grave, porque coartar   la libertad y la autonomía del ser humano no son el sentido de la educación.