Me place saber que aún
hay personas que opinan con un marcado sentido social y no se quedan en la
superficialidad. Tal es el caso del columnista Alonso Sánchez Baute, quien
escribió hace días un texto sobre la lectura en un periódico de la costa. Creo
que es diciente e invita a pensar, aunque pueda haber algunos que no alcancen a
vislumbrar la intencionalidad de su texto y no lo trasciendan porque no poseen
las herramientas conceptuales para inferirlo.
Sí, la actividad
lectora trasciende lo literal. El texto solicita del lector actos cognitivos complejos
que muchas veces no se realizan por
pereza mental, creada y alimentada cotidianamente; o también, porque no
existe la preparación para abordarlos y asimilarlos. Aquí todos tenemos culpa:
la familia, la iglesia, la escuela, el estado, la comunidad, los medios, entre
otros actores sociales. Es hora de resarcir esa gran falencia histórica. Quizás
con programas o con campañas que muchas veces no son evaluadas para saber si
hubo o no beneficios, pero que pueden ser aprovechadas por los “ingenieros
sociales”, los maestros, para sacar provecho de ello y generar una cultura por
y para la lectura y la escritura críticas.
Leer, ¿para qué? Se
piensa que es una actividad más para pasar el tiempo de ocio o para responder
preguntas en los exámenes. Esas son actividades de las muchas que pueden
realizarse con la lectura. Sin embargo, si se analiza con sindéresis se hallará
su significado, sentido y funcionalidad social, cultural y científica. Leer es
dialogar con los tiempos; intercambiar ideas, rumiar el texto, trabajarlo,
comprender e interpretar. No es repetir. Es una construcción de dos seres que
debaten y combaten para no dejarse vencer el uno del otro. Leer para la rebelión
y la revelación.
No se puede seguir en
“la cárcel del subdesarrollo”. El conformismo y la desidia quizás sean los
artífices de una sociedad aletargada por los mass-medios. Tal vez la brecha
cognitiva y cognoscitiva entre una clase y otra, si verdaderamente hubiera un
política lectoescritural, no existiría, puesto que sería una ficción. Pero, el abismo es inmenso.
Nuestra permisividad
por aceptar la mediocridad nos hace muy endeble para contrarrestar los
verdaderos intereses de gobernantes, que miran con desdén a quienes no nacieron
con abolengo ni dinero.
Hace días un profesor
renunciaba a su cátedra universitaria, tal vez simbólicamente, para poner el
dedo en la llaga de nuestro sistema educativo. Esta situación debería
analizarse en doble vía: desde la percepción del maestro como la de sus
estudiantes. No sé si ellos se manifestaron. Allí se aprecia la reiteración o
el sobre-diagnostico que desde hace décadas se hace de niños y jóvenes
colombianos: nuestros niños y jóvenes no saben leer. El famoso cuento del gallo
capón.
El problema radica en
la forma como se trata la enfermedad. En un documento del lingüista Noam
Chomsky “Diez Estrategias de Manipulación” que utilizan para hacernos ovejitas,
se percibe que las distracciones recibidas cotidianamente se emplean para
desviarnos la atención de “los problemas importantes y de los cambios decididos
por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o
inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La
estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al
público interesarse por los conocimientos esenciales, en todas las áreas del
saber. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos
problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público
ocupado, sin ningún tiempo para pensar” es la estrategia. Cualquier parecido
con nuestra realidad es pura coincidencia.
Asimismo, la
estrategia del estimulo de lo mediocre “Promover al público a creer que es “La
moda” ser simple, estúpido, vulgar e inculto. Instando a tratar como a “Bicho
raro” a quien piensa más de la cuenta. ¿Irónico, no?”. Es una de las
estrategias más empleada por la televisión. En este caso, quien piense
diferente hay que excluirlo o desaparecerlo; es enemigo y no debe vivir.
¿Irónico, no?

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