viernes, 14 de septiembre de 2012

El maestro: Entre la realidad y la ficción



(In Memoriam a Emery Barrios Badel)

Autor: Edinson Pedroza Doria*

“Enseñar debe propiciar un aprender comprendiendo,
atendiendo lo que se está haciendo,
para que no siga siendo una simple recepción mecánica, sensible”

José Iván Bedoya

Un destello de luz blanquecina partió en dos mitades su pensamiento. Sólo así, de esta forma, pudo comprobar que existía, que estaba respirando y que había nacido para  dejar su indeleble huella en este valle de pesares, lágrimas y alegrías. Un momento de éxtasis lo invadió y alcanzó a comprender que enseñar es cosa de artistas. Que debía poner en ese quehacer un poco de sí, de su existencia. Sintió miedo del mundo, pero su amor era grande para dejarse vencer por las adversidades. A lo lejos pudo distinguir el mar quieto de sus ancestros y no tuvo más que ver la cadencia de los alcatraces lanzándose una y otra vez contra la lámina gris de aguas salitrosas e indómitas que sitia  la ciudad por el norte y luego la penetra hasta hacerla suya.

El maestro sabía que había personas que afrentaban su oficio y que creían que enseñar es instruir o tirar información para que los otros repitan como  autómatas. Muchas veces intentó explicarse el porqué los demás no comprendían la universalidad del ser maestro; pues lo miraban con desdén cuando él comenzaba sus charlas. Sintió en su carne viva el suplicio de la afrenta y pidió perdón por ellos.

Muchos atrevidamente, desconociendo totalmente lo que es ser maestro, lanzaban improperios contra todo lo que oliera a magisterio. Él lograba comprenderlos y les perdonaba porque sabía que nunca habían conocido el amor al prójimo ni mucho menos el significado del conocer, del aprender y de enseñar. Estaban llenos de opiniones vagas y erróneas, y eso los hacía endebles cuando intentaban argumentar.

El maestro pensó que eso ya lo había vivido otras veces; quizás  todo había sido un sueño mil veces soñado en otros tiempos de abundancia, cuando la miseria de espíritu no existía; cuando su padre le enseñaba a través de parábolas, que era mejor aprender a pescar para mitigar el hambre, que tener un pez para el momento.

El pensamiento del maestro se fue diluyendo en brillos milenarios, repartidos en pedacitos multicolores cargados de ese afecto que sentía por los más débiles; luego esas ideas recurrentes se fueron incrustando en los meandros de su memoria. A él le hacían sentirse más fuerte y con ganas de seguir enseñando con  sabias palabras. Mirar el mar le reconfortaba, más cuando el sol comenzaba a fenecer, avisando el ocaso del día.

Entonces se perdió en las profundidades oscuras de la meditación;  una lluvia de interrogantes brotó cual manantial  catalizador de  su energía vital. Verdaderamente ¿Era un artista? ¿Era un maestro o un enviado de la providencia para recibir los escupitajos de sus enemigos? ¿Qué significaba poner parte de su vida para que los otros se saciaran con él, invisibilizándolo y considerándolo uno más de los tantos que hay recorriendo el mundo? Eran preguntas que nacían límpidas como  el niño recién nacido.

Una y otra vez se martirizaba con aquellos interrogantes. No sabía cómo responderse, aunque su cabeza era una caldera ardiente de ideas y proyectos que intentaban desbordarse hacia sus discípulos. Pensó que de su obra, de sus palabras no estaba quedando nada. Se lamentaba cuando conversaba amenamente con nosotros de esos temores arraigados en su ser, pero no daba su brazo a torcer. No era tan cobarde  y los retos lo hacían un verdadero líder.

¿La humanidad quizás lo estaba olvidando o lo relegaría al cuarto de los trastes viejos? No lo podía afirmar categóricamente.  A pesar de todo se empecinaba en enseñar, porque la clarividencia de un futuro mejor lo estimulaba a no abandonar sus propósitos. Aún tenía la esperanza de una vida equilibrada. Para él enseñar era belleza que disfrutar y deleitarse.

En él pervivía una voracidad casi  enfermiza de crear y de ayudar a construir un mejor “status” para sus discípulos y creyentes. Esa idea lo acompañó desde que decidió ser maestro de aquella masa apachurrada por la pobreza y desarrapada de jóvenes y niños que seguía sus enseñanzas.

El maestro recordó a su viejo maestro cuando éste  le expresaba con aquella lucidez de prestidigitador que “El estado mejor organizado es aquel en que todos los individuos que lo conforman convergen para lograr el fin político: la justicia, según sus diversas aptitudes o disposiciones naturales”. Sin embargo, ahora no era más que un maestro acosado por la incertidumbre de unos tiempos aciagos y violentos; pero, un maestro empecinado en seguir los dictados del corazón, la razón y la pasión de enseñar. Concebía la ignorancia como aquel estado de llenura; llenura de opiniones acríticas que se soportaban en el uso muchas veces de la fuerza bruta y opresiva de la insensatez; llenura porque no se hacía la reflexión de lo aparente, de lo que se cree es el verdadero conocimiento.

Volvió a sentir en sus cansados huesos la energía de la juventud acumulada en sus saberes y pidió con el corazón en sus manos porque todos comprendieran que “el amor por el saber no se agota en su adquisición o en su transmisión, sino que consiste en última instancia en saber despertar la verdadera dinámica para que se desarrolle completamente en forma autónoma”.

La búsqueda de la belleza y el conocimiento le había conducido a entender que su esencia no era terrenal; que estaba en otra dimensión, en un estado místico de epifanía.  Él siempre creyó que detrás de todo, una fuerza poderosa le guiaba siempre su imaginación. Se aferraba con fuerza para no caer de ese mundo incomprendido por la mayoría, pero que lo motivaba a seguir soñando por lo que él creía. Dejó que sus huesos descansaran un poco para continuar con su recorrido mental.

Un pensamiento ágil y dinámico lo acompañaba a componer y descomponer ese rompecabezas cotidiano que el común de los mortales critica sin saber, desconociendo cómo se realiza ni cuál es el tiempo y la zozobra que se sufre en su cristalización.

Reducido a esa actividad enfermiza de crear siempre pensando en los demás, buscaba formas de hacer que sus enseñanzas fueran diferentes y cumplieran sus propósitos. No quería quedar con el remordimiento de haber existido y no haber tenido la valentía de manifestarse bellamente con sus palabras y sus actos.  Caía en un vórtice desesperado al no encontrar una salida rápida a sus deseos inmediatos y apremiantes: ver a sus discípulos guiando con consejos a una muchedumbre ávida de justicia y amor.

El maestro con el ancestral mecanismo de mantenerse escuchando la música del mar interpretada por las gaitas y tamboras de su tierra, engañaba la premura de los tiempos del olvido. No decaía tan fácilmente, porque sus sueños serían soñados y cumplidos por otros. Sus huellas quedarían para la posteridad. Sintió un descanso perenne y un sopor tranquilizador le invadió todo el cuerpo. Parecía que su corazón se dividía en pedacitos luminosos. Era el momento, pensó; cerró sus ojos y se olvidó de él, extasiándose del deber cumplido.

No se dejó engañar por la dulzura aletargante del momento y suspiró haciendo entrar en sus pulmones el aire pegajoso y salobre de aquel septiembre caribeño.

El sol aún no se ocultaba. La brisa le recordó el compromiso que tenía aquella tarde con sus discípulos y compañeros. No supo qué hacer y recordó lo leído en algún libro védico: “todo discípulo debe tener conciencia que desear conocer, que necesitar conocer, debe mantener o preservar ese deseo como una aptitud incesante que le va a permitir dinamizar en él un verdadero proceso de conocimiento autónomo”. De belleza y libertad, diría él.

Sintió una liberación plena. Sus demonios quedaron encerrados en un pretérito infecundo. Ya no habría que temerle a la desesperación de tener que salir de aquel encierro y tener que cargar con ellos, pues, ahora, todo estaba como el destino se lo marcaba en las estrellas,…un camino lleno de tulipanes añosos le enseñaría a meditar desde la otra orilla del océano. Se maravilló de su descubrimiento. Dejó escapar una sonrisa rosada de su boca. La máscara, que por mucho tiempo le ocultó su verdadero rostro, cayó al piso de tierra y comenzaron a brotar los sentimientos de inmortalidad que le hicieron alcanzar la máxima excelsitud del artista y del maestro: haber descubierto que la belleza se encuentra en la simplicidad de las cosas. Que la naturaleza no niega su esencia. Que se puede morir cuando se tiene conciencia de la misma muerte.
_________________________________________________________________________
*Docente de español y Literatura del Distrito de Cartagena de Indias en la Institución Educativa Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de Comunicación Oral y Escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco.
Nota: Algunas ideas entrecomilladas fueron sacadas del libro Epistemología y Pedagogía, ensayo histórico crítico sobre el objeto y método pedagógico, del Profesor: Bedoya, José Iván, Ecoe ediciones, Sexta edición, 2009.

LA ODIESEA DE PEDRO PUEBLO




Médicos. Hombres de suerte.
 Sus éxitos brillan al sol...
y sus errores los cubre la tierra.”
(Michel E. De Montaigne)

La mañana aún no ha permitido que el sol salga a dar los buenos días a esta sufrida masa de personas que, guareciéndose de la pertinaz lluvia,  espera que abran los consultorios de la clínica donde son atendidos con displicencia por una caterva de “Nuevos profesionales de la medicina” desde hace unos años, quizás con los mismos problemas que ellos o tal vez peores. No se sabe.
Ya la imposición del nuevo sistema de salud ha hecho de las suyas desde aquel diciembre veintitrés del noventa y tres. Jamás se pensó que sería la invisibilizaciòn y el deterioro de la condición humana en un país tan creyente a la virgen y al sagrado corazón, donde nos matamos por un gol y nos damos golpe de pecho cuando alguien critica fuertemente las anomalías, acudiendo a nuestra limpidez y asepsia moral. Sin embargo, allí estaba esa masa humana o “Pedro Pueblo”, como se le conoce, esperando, o mejor dicho, suplicando algo que estaba reglado en una ley hecha quizás para controlar la natalidad y el crecimiento demográfico. No se sabe cuáles fueron sus verdaderos propósitos ni quien los craneò  con tanta malevolencia. O tal vez se sabe, pero no nos atrevemos a decirlo por temor a desaparecer.
“Pedro Pueblo” muchas veces suplica a través de  tutelas para que lo  atiendan y lo dejen vivir, no obstante  la voracidad y la deshumanización de los dueños de esas empresas de muerte. Él no quiere morir abandonado de la mano de Dios por la insensibilidad de estas bestias y la abulia estatal.
El tiempo transcurre como si no fuera valioso para ellos. “Pedro Pueblo”, protegido con un viejo periódico, espera tejiendo y destejiendo, tal como Penélope de Ulises, las palabras con las cuales lo ilusionaron cuando apenas se hablaba en los salones y círculos políticos de las ganancias, ventajas y negociados que se podían obtener con la creación de clínicas y centros de atención de salud para él. A su mente llegaban a raudales imágenes y palabras de entrevistas de gurúes, expertos y especialistas que se aventuraban a vaticinar una sociedad equilibrada e igualitaria tutelada por un estado y unos gobiernos democráticos, defensores de sus derechos de la salud y el bienestar social y de unas empresas de salud límpidas y deseosas de servir a todos. Noticias lanzadas al aire por la radio, la prensa escrita y la televisión de los beneficios de esa nueva estructura empresarial para atender la salud de la gente. Eran la panacea del gran cáncer y la deteriorada salud del país y el sucedáneo ideal del I.S.S. Total, no había quien rebatiera con buenos argumentos las desventajas del nuevo sistema y quien lo hiciera era enemigo del sistema y estaba en la lista negra de los posibles desaparecidos.
Así una a una se fueron hilvanando algunas relucientes palabras  de la ley 100, convertidas en interrogantes en la mente de “Pedro Pueblo” : ¿Seguridad Social Integral?¿ disponen la persona y la comunidad para gozar de una calidad de vida?¿ cobertura integral de las contingencias?¿ lograr el bienestar individual y la integración de la comunidad?¿ derechos irrenunciables de la persona y la comunidad para obtener la calidad de vida acorde con la dignidad humana?¿ obligaciones del Estado y la sociedad, las instituciones y los recursos destinados a garantizar la cobertura? ¿El servicio público esencial de seguridad social se prestará con sujeción a los principios de eficiencia, universalidad, solidaridad, integralidad, unidad y participación? Mientras  Pedro Pueblo va interrogándose, es atendido sin ser auscultado como debería hacerse en toda consulta médica, pues el médico sólo le presta atención al software del computador para prescribir el  Ibuprofeno genérico, la Tiamina de siempre, con el antiparasitario perenne, después de preguntarle el nombre y la edad. El dolor y el abandono lo matan lentamente y  le acrecientan las posibilidades de morir sin disfrutar de una pensión. Pues ya ni trabajo tiene para alcanzar su pensión y si tiene el derecho a tal privilegio muy seguramente no lo disfrutará en esta vida. Así, con ese desconsuelo generalizado, “Pedro Pueblo” regresa a su casa con la convicción de curarse con las oraciones a sus santos predilectos.