Por: Lic. Edinson Pedroza Doria*
“Gran parte de las dificultades que atraviesa el
mundo se debe
a que los
ignorantes están completamente seguros y los inteligentes, llenos de dudas”
Bertrand Russell
Los conceptos y la praxis de la enseñanza, el aprendizaje, el
conocimiento y la investigación analizados desde cualquier óptica de
pensamiento, siempre van a tener importancia no sólo para los maestros o
quienes fungen como tal, sino también para aquellos que desconocen la pedagogía.
Esos conceptos o pilares, llamémoslos
así, son las bases de la educación y sin
ellos no habría acción pedagógica. Esto es, el porqué y para qué de la educación
como filosofía de la existencia social.
Según mi percepción, son conceptos
trascendentales para quien se precie de
ser maestro. Porque si desconoce los soportes pedagógicos y epistemológicos de
su quehacer, sería como trabajar sin las herramientas requeridos para su labor.
Es más, nunca habrá desarrollo en el proceso formativo si existiese apatía
hacia esas conceptualizaciones fundamentales. Sin embargo, no todo es color de rosa. Creo que todavía no se ha hecho un análisis sesudo de las incidencia del desconocimiento de los fundamentos anteriores en las personas dedicadas a “enseñar”- léase “instruir” actualmente-. Solamente se enuncian, mas no se les analiza con la cordura requerida. Tanto es, que en algunas universidades, autoproclamadas templos sagrados del conocimiento, aún no se han dimensionado ni en sus generalidades ni particularidades estas conceptualizaciones y se han quedado estáticas, sin hacer una reflexión crítica ante la crisis que atraviesan. Y si la han hecho permanecen inexorablemente inmersas en un silencio cómplice, motivados por la molicie de sus actantes. Es decir, la ley del facilismo ha sido su accionar.
Igualmente, se podría afirmar que se ve en ellas una educación que le hace el juego a la mediocridad hegemónica del establecimiento, olvidando su rol sociocultural y optando por la reiteración de información como si el conocimiento no se construyera con el diálogo, la confrontación de tesis, la investigación y la reflexión crítica de sus actores. En este caso los docentes y los discentes, y sólo se materializara repitiendo lo que el otro dice o hace.
En algunos contextos universitarios no existe el disenso, la discusión, la polémica. Todo ha caído en la aceptación pasiva de ideas vacías y débiles sin el peso específico de la reflexión madura e inteligente. La universidad se ha convertido en una caja de resonancia de la permisividad del “dejar pasar, dejar hacer” y el deterioro del pensamiento.
Sería bueno revisar las prácticas pedagógicas inmersas en los claustros académicos para dimensionar los alcances de una transformación de esta realidad globalizada, donde tal vez no tengamos cabida, sino para consumir sin producir nada que aliente la transformación de la praxis. Si de investigación se trata, se puede decir que los trabajos, aparentemente novedoso, no son más que cita de citas de lo que otros piensan o dicen. Afirmaciones enmarcadas en una realidad lacerante y desesperante que subyuga la creatividad ¿Estaremos signados por el determinismo de una cultura poco dada al pensamiento crítico, pero apta para el facilismo y la ley del acomode? habría que preguntarse si somos maestros o muñecos de ventrílocuo de unos sistemas excluyente e invisibilizadores.
No obstante lo anterior, ante esa cruda y palmaria realidad, se puede afirmar que todavía existen docentes, si se les puede nominar así, con el prurito de pensar que hacer clases no es más que decir lo que dicen los textos sin ahondar en su análisis. Asimismo, creen que la lectura y la escritura, entre las otras habilidades lingüísticas y comunicativas, son cosas que le competen únicamente a los docentes de lenguaje, de comunicación o de humanidades. Consideran estas eminencias que dichas habilidades no son importantes en y para la preparación de los nuevos profesionales. Tal vez creen que la formación humanística no hace al nuevo profesional más humano, más amante de la existencia y de la vida, sino que es cosa de tiempos clásicos ya superados. El creer que la tecnología y la ciencia excluyen lo humanístico permite que tengamos una camada de profesionales deshumanizados y artificiales, que sólo se preparan para el “tener”. Miran la lectura y la escritura como trabajo extra.
En muchos casos, la lectura y la escritura se asumen como un aditivo a su “trabajo” supuestamente pedagógico. Mirada obtusa y descriteriada, contraria a los mejores preceptos de la pedagogía holística, como también de la didáctica y de la metodología del lenguaje, entendiéndose éste último como la capacidad poseída por el ser humano para significar y comunicar. Entonces, ¿cómo representan sus estudiantes esas significaciones, representaciones y simbologías de los saberes impartidos? ¿Será a través de unas representaciones salidas del espacio exterior? No sé, habría que iniciar una aproximación para conocer esa otra realidad que subyace en la nueva academia.
Cabe destacar que infinidades de veces me he preguntado ¿qué enseñante no maneja en sus clases la oralidad, la escucha, la lectura y la escritura, entre otras dimensiones lingüísticas y comunicativas? Las respuestas pueden ser múltiples. Quizás se ofrezcan desde percepciones que se tengan del aprendizaje y de la enseñanza como actividades angulares de la universidad. Pero, se debe comenzar a analizar que no todas pueden ser tomadas como ideales para el tipo de hombres y mujeres requeridos por esta sociedad homogeneizadora. En mi concepto, se requieren seres pensantes y desalienados, que catalicen sus capacidades para crear, innovar, hacer y aplicar ciencia y tecnología desde sus prácticas laborales sin olvidar la esencia de la existencia. De allí la importancia de leer y escribir críticamente con un sentido elevado que sobrepase los niveles más bajos por los que atraviesan nuestros jóvenes universitarios, y quizás muchos “maestros”, y se inicie un proceso de investigación donde se lea para investigar y se investigue leyendo y escribiendo con los pies en la tierra.
No debemos olvidar que muchos docentes han sido formados en escuelas de pensamiento rezagadas ante las exigencias de esta época. No se han dado cuenta que la sociedad no es la misma de antaño, que la escuela – Universidad - no debe instruir, sino formar integralmente al ser y construir saberes a través de la investigación. Pero para realizar estas actividades se debe leer y escribir con el pensamiento puesto en la realidad. Estos profesores anquilosados y descontextualizados, fenecen lentamente y se les puede decir metafóricamente que son una talanquera para la movilidad social de un país urgido de personas bien estructuradas para el desarrollo y el progreso.
Como un elemento para ilustrar lo anterior, analicemos un poco de historia. Se puede encontrar que en siglo XVIII se impuso la reforma más radical en la historia de la educación: la escolarización obligatoria. “los niños entre cinco y trece años debían asistir a las escuelas, construidas por el Estado. Allí́ se ponían en práctica los principios de la producción industrial. Los alumnos se sentaban mirando al profesor, símbolo de la autoridad absoluta, quien los atiborraba de información y propaganda, a fin de “cargar” de datos sus cabezas, como si se trata- se de canecas vacías”. Quizás aún algunos docentes practiquen lo mismo, queriendo detener el tiempo y manejando un poder excluyente e invisibilizador de las potencialidades de los seres humanos.
Es hora de discernir y comenzar a vislumbrar otras luces en el túnel donde nos encontramos. No se puede amarrar el tiempo sin analizar el daño que se comete cuando se castran las potencialidades de las nuevas generaciones por el empecinamiento en hacer lo que no se debe hacer, una practica educativa para el subdesarrollo, y América no puede darle la espalda a librepensamiento y a la liberación, ya ofreció su cuota de sacrificio y merece desalienarse.
Por último, es bueno manifestar que el conocimiento, el aprendizaje y la enseñanza no deben ser actividades vistas fuera de su esencia transformadoras, que solo sirven para llenar espacios de tiempo con ideas iteradas una y otra vez, creyendo que por osmosis entre los estudiantes, sin planeación y sin estrategias puntuales se pueden transformar las estructuras mentales de jóvenes y adultos. Es el momento de mirar lo que se puede hacer cambiando la tradición de la información por actividades de lectura, escritura, reflexión, discusión e investigación serias y con sentido pedagógico. El conocimiento total de la didáctica, la metodología y la pedagogía son la piedra angular de una buena práctica docente, claro si se practican sin discriminación.
Recordemos que enseñar no es pararse ante un grupo y llenarle la cabeza de aserrín con fechas, fórmulas y recetas que supuestamente benefician su desarrollo cognitivo y cognoscitivo. Enseñar es catapultar las capacidades del ser humano sin imposición ni coerción. No es pertinente creer que la instrucción por si misma hace grandes cosas para transformar la realidad. Puesto que esa percepción es muy grave, porque coartar la libertad y la autonomía del ser humano no son el sentido de la educación.
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