lunes, 28 de mayo de 2012

LA VIOLENCIA EN LA ESCUELA O LA DEFORMACIÒN DE NUESTRAS NUEVAS GENERACIONES




Lic. Edinson Pedroza Doria*

Estamos en el siglo XXI; siglo de cambios radicales en todos los frentes de la sociedad, especialmente en ciencia y tecnología. Asimismo, se han cambiado algunos de sus valores fundamentales por otros que dejan que desear y pensar. Valores añorados por muchos integrantes de la anterior generación, quienes ven como se derrumba la cultura que soportaba sus costumbres.

No obstante lo anterior, hay defensores acérrimos de estos cambios radicales, que expresan sin recato como sólido argumento aquél de que los grupos sociales merecen tener su identidad acorde a su época. Tal vez tengan razón en cierto sentido. Pues no se debe negar que el respeto y la tolerancia a las diferencias nos hacen más humanos. Nadie niega eso ni el más obtuso de los mortales. Pero habría que analizar la otra cara de la moneda; la que no ve con buenos ojos el desmoronamiento de principios y valores tan sustanciales como el respeto al otro, especialmente el generacional y la tolerancia.

Hoy, uno de los problemas más evidente en escuelas y colegios es la violencia de alumnos hacia docentes y viceversa y de alumno a alumno, llámese ésta, matoneo o como se le quiera decir. Ni el adulto al menor ni éste al adulto. Problema que trasciende la academia y permea la formación de las nuevas generaciones. He aquí uno de esos cambios.

Pareciera que la escuela, otrora espacio de convivencia y armonía, se convirtió en un campo de batalla. Pero no el deseado por los soñadores de una escuela para la batalla del intelecto y la creatividad a través del disenso, la discusión, la investigación, el estudio y el debate de las ideas, sino el de los golpes, el amedrentamiento, la discordia, la vulgaridad y el irrespeto.

La escuela dejó de ser la tribuna del saber y se convirtió en la hija de menos madre. Ahora es territorio de pandillas y bandas juveniles que se disputan la hegemonía sin que directivos y docentes puedan hacer algo por direccionarla y encontrarle su verdadero rumbo histórico. Pues la normatividad es laxa y no acepta que se corrija y se sancione ejemplarmente, sino que se realice el cacareado debido proceso. Acción que trasciende toda la actividad de la escuela, ejerciendo la connivencia con la impunidad y el amedrentamiento entre sus integrantes: maestros con miedo de ser golpeados y alumnos con el temor de perder sus vidas a la salida de sus actividades.

Aunque se sabe que todos tenemos el derecho a defendernos, mucha veces este debido proceso es caldo de cultivo para el ensañamiento hacia lo inadecuado y malintencionado. A diario se percibe en las calles: riñas, atracos e irrespeto entre adolescentes. Esto es, el reino de la contravención de los mínimos principios de civilización.

Los maestros ante esa situación sólo atinan a mantenerse a la espera de un milagro, pues ya no hallan el respaldo ni de padres ni de administradores de la educación. Todo se mantiene en datos estadísticos y porcentajes de violencia escolar, sobre- diagnosticada, y de cobertura como si el ser humano en formación no requiriera de corrección ejemplarizante, sino aceptación y asentimiento de sus acciones incongruentes de la civilidad como algo normal, así éstas contravengan la convivencia y los derechos de los otros.

Esa violencia, quizás, sea el producto o la consecuencia de muchos factores exógenos que van mucho más profundamente de la raíz de esta enfermedad endémica que sufre nuestra sociedad. Es decir, la consolidación de una cultura violenta que prima en cada uno de los espacios donde se realizan socializaciones humanas. Para ilustrar se tienen: los programas de radio y televisión con temáticas y lenguaje chabacano y rebajado; prensa escrita que destila sangre y pornografía a borbotones; administraciones de toda índole corruptas y dilapidadora de los intereses comunales; sacerdotes, padres, políticos, médicos, abogados, ingenieros,… violentadores de los mínimos principios, entre muchos otros por estudiar o señalar. Una descomposición social y familiar asfixiante que asesina lentamente a nuestras generaciones y al país.

Otro ejemplo sería el de las Unidades Administrativas Locales de Educación (UNALDE), antes denominados núcleos educativos, empeñadas en defender a ultranza comportamientos atípicos de alumnos sin conocer los motivos de fondo, que realizan recomendaciones descriteriada con el único objetivo de mantener cuotas de permanencia de estudiantes en el sistema, para que la nación les gire los dineros a las administraciones distritales, importándoles un reverendo comino la integridad de alumnos y docentes.

Sin embargo, esta aseveración no quiere decir que se viole el derecho a la educación del niño o del adolescente, sino que se deben buscar otros correctivos por fuera de la escuela, puesto que esos actos violentos verdaderamente sí atentan contra el bien común; el de los otros, los que si desean aprender y tener movilidad social.

Asimismo, habría que mirar con lupa los ejemplos cotidianos que reciben nuestros niños y jóvenes a través de los diferentes referentes que les sirven como elementos formadores; pues la escuela no es la única que educa. Ya se ha dicho que la familia, la iglesia, la comunidad, los medios, entre otras instancias también configuran la cultura del ser humano.

Lo anterior, según mi parecer, se podría afirmar con más ilustraciones que multiplican la violencia. Tal es la permisividad de las normas que legitiman con sus articulados la defensa de la infancia y la adolescencia, no obstante las infracciones cometidas por éstos no sólo contra los maestros sino también contra sus mismos compañeros dentro y fuera de la escuela, para de esta manera configurar, si no se pone talanquera, la delincuencia del futuro.



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