“Médicos. Hombres de
suerte.
Sus
éxitos brillan al sol...
y sus errores los cubre la tierra.”
(Michel E. De Montaigne)
La mañana aún no ha permitido que el sol salga a dar los buenos
días a esta sufrida masa de personas que, guareciéndose de la pertinaz lluvia, espera que abran los consultorios de la
clínica donde son atendidos con displicencia por una caterva de “Nuevos profesionales
de la medicina” desde hace unos años, quizás con los mismos problemas que ellos
o tal vez peores. No se sabe.
Ya la imposición del nuevo sistema de salud ha hecho de las
suyas desde aquel diciembre veintitrés del noventa y tres. Jamás se pensó que
sería la invisibilizaciòn y el deterioro de la condición humana en un país tan
creyente a la virgen y al sagrado corazón, donde nos matamos por un gol y nos
damos golpe de pecho cuando alguien critica fuertemente las anomalías,
acudiendo a nuestra limpidez y asepsia moral. Sin embargo, allí estaba esa masa
humana o “Pedro Pueblo”, como se le conoce, esperando, o mejor dicho,
suplicando algo que estaba reglado en una ley hecha quizás para controlar la
natalidad y el crecimiento demográfico. No se sabe cuáles fueron sus verdaderos
propósitos ni quien los craneò con tanta
malevolencia. O tal vez se sabe, pero no nos atrevemos a decirlo por temor a
desaparecer.
“Pedro Pueblo” muchas veces suplica a través de tutelas para que lo atiendan y lo dejen vivir, no obstante la voracidad y la deshumanización de los
dueños de esas empresas de muerte. Él no quiere morir abandonado de la mano de
Dios por la insensibilidad de estas bestias y la abulia estatal.
El tiempo transcurre como si no fuera valioso para ellos. “Pedro
Pueblo”, protegido con un viejo periódico, espera tejiendo y destejiendo, tal
como Penélope de Ulises, las palabras con las cuales lo ilusionaron cuando
apenas se hablaba en los salones y círculos políticos de las ganancias,
ventajas y negociados que se podían obtener con la creación de clínicas y
centros de atención de salud para él. A su mente llegaban a raudales imágenes y
palabras de entrevistas de gurúes, expertos y especialistas que se aventuraban
a vaticinar una sociedad equilibrada e igualitaria tutelada por un estado y
unos gobiernos democráticos, defensores de sus derechos de la salud y el
bienestar social y de unas empresas de salud límpidas y deseosas de servir a
todos. Noticias lanzadas al aire por la radio, la prensa escrita y la
televisión de los beneficios de esa nueva estructura empresarial para atender
la salud de la gente. Eran la panacea del gran cáncer y la deteriorada salud
del país y el sucedáneo ideal del I.S.S. Total, no había quien rebatiera con
buenos argumentos las desventajas del nuevo sistema y quien lo hiciera era
enemigo del sistema y estaba en la lista negra de los posibles desaparecidos.
Así una a una se fueron hilvanando algunas relucientes
palabras de la ley 100, convertidas en
interrogantes en la mente de “Pedro Pueblo” : ¿Seguridad Social Integral?¿ disponen la persona y
la comunidad para gozar de una calidad de vida?¿ cobertura integral de las
contingencias?¿ lograr el bienestar individual y la integración de la comunidad?¿
derechos irrenunciables de la persona y la comunidad para obtener la calidad de
vida acorde con la dignidad humana?¿ obligaciones del Estado y la sociedad, las
instituciones y los recursos destinados a garantizar la cobertura? ¿El servicio
público esencial de seguridad social se prestará con sujeción a los principios
de eficiencia, universalidad, solidaridad, integralidad, unidad y participación?
Mientras Pedro Pueblo va interrogándose,
es atendido sin ser auscultado como debería hacerse en toda consulta médica,
pues el médico sólo le presta atención al software del computador para
prescribir el Ibuprofeno genérico, la
Tiamina de siempre, con el antiparasitario perenne, después de preguntarle el
nombre y la edad. El dolor y el abandono lo matan lentamente y le acrecientan las posibilidades de morir sin
disfrutar de una pensión. Pues ya ni trabajo tiene para alcanzar su pensión y
si tiene el derecho a tal privilegio muy seguramente no lo disfrutará en esta
vida. Así, con ese desconsuelo generalizado, “Pedro Pueblo” regresa a su casa
con la convicción de curarse con las oraciones a sus santos predilectos.

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