viernes, 14 de septiembre de 2012

LA ODIESEA DE PEDRO PUEBLO




Médicos. Hombres de suerte.
 Sus éxitos brillan al sol...
y sus errores los cubre la tierra.”
(Michel E. De Montaigne)

La mañana aún no ha permitido que el sol salga a dar los buenos días a esta sufrida masa de personas que, guareciéndose de la pertinaz lluvia,  espera que abran los consultorios de la clínica donde son atendidos con displicencia por una caterva de “Nuevos profesionales de la medicina” desde hace unos años, quizás con los mismos problemas que ellos o tal vez peores. No se sabe.
Ya la imposición del nuevo sistema de salud ha hecho de las suyas desde aquel diciembre veintitrés del noventa y tres. Jamás se pensó que sería la invisibilizaciòn y el deterioro de la condición humana en un país tan creyente a la virgen y al sagrado corazón, donde nos matamos por un gol y nos damos golpe de pecho cuando alguien critica fuertemente las anomalías, acudiendo a nuestra limpidez y asepsia moral. Sin embargo, allí estaba esa masa humana o “Pedro Pueblo”, como se le conoce, esperando, o mejor dicho, suplicando algo que estaba reglado en una ley hecha quizás para controlar la natalidad y el crecimiento demográfico. No se sabe cuáles fueron sus verdaderos propósitos ni quien los craneò  con tanta malevolencia. O tal vez se sabe, pero no nos atrevemos a decirlo por temor a desaparecer.
“Pedro Pueblo” muchas veces suplica a través de  tutelas para que lo  atiendan y lo dejen vivir, no obstante  la voracidad y la deshumanización de los dueños de esas empresas de muerte. Él no quiere morir abandonado de la mano de Dios por la insensibilidad de estas bestias y la abulia estatal.
El tiempo transcurre como si no fuera valioso para ellos. “Pedro Pueblo”, protegido con un viejo periódico, espera tejiendo y destejiendo, tal como Penélope de Ulises, las palabras con las cuales lo ilusionaron cuando apenas se hablaba en los salones y círculos políticos de las ganancias, ventajas y negociados que se podían obtener con la creación de clínicas y centros de atención de salud para él. A su mente llegaban a raudales imágenes y palabras de entrevistas de gurúes, expertos y especialistas que se aventuraban a vaticinar una sociedad equilibrada e igualitaria tutelada por un estado y unos gobiernos democráticos, defensores de sus derechos de la salud y el bienestar social y de unas empresas de salud límpidas y deseosas de servir a todos. Noticias lanzadas al aire por la radio, la prensa escrita y la televisión de los beneficios de esa nueva estructura empresarial para atender la salud de la gente. Eran la panacea del gran cáncer y la deteriorada salud del país y el sucedáneo ideal del I.S.S. Total, no había quien rebatiera con buenos argumentos las desventajas del nuevo sistema y quien lo hiciera era enemigo del sistema y estaba en la lista negra de los posibles desaparecidos.
Así una a una se fueron hilvanando algunas relucientes palabras  de la ley 100, convertidas en interrogantes en la mente de “Pedro Pueblo” : ¿Seguridad Social Integral?¿ disponen la persona y la comunidad para gozar de una calidad de vida?¿ cobertura integral de las contingencias?¿ lograr el bienestar individual y la integración de la comunidad?¿ derechos irrenunciables de la persona y la comunidad para obtener la calidad de vida acorde con la dignidad humana?¿ obligaciones del Estado y la sociedad, las instituciones y los recursos destinados a garantizar la cobertura? ¿El servicio público esencial de seguridad social se prestará con sujeción a los principios de eficiencia, universalidad, solidaridad, integralidad, unidad y participación? Mientras  Pedro Pueblo va interrogándose, es atendido sin ser auscultado como debería hacerse en toda consulta médica, pues el médico sólo le presta atención al software del computador para prescribir el  Ibuprofeno genérico, la Tiamina de siempre, con el antiparasitario perenne, después de preguntarle el nombre y la edad. El dolor y el abandono lo matan lentamente y  le acrecientan las posibilidades de morir sin disfrutar de una pensión. Pues ya ni trabajo tiene para alcanzar su pensión y si tiene el derecho a tal privilegio muy seguramente no lo disfrutará en esta vida. Así, con ese desconsuelo generalizado, “Pedro Pueblo” regresa a su casa con la convicción de curarse con las oraciones a sus santos predilectos. 

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