viernes, 25 de abril de 2014

Una mirada bioética

Una de las imágenes muestra una devastada franja de tierra y en ella unos cadáveres de animales caídos en un suelo cuarteado, seco y rojizo como consecuencia del azote de la canícula y la nula pluviosidad. La otra imagen representa un charco de agua oscura donde un grupo de animales intenta mitigar su sed, mientras otros yacen moribundos como esperando la ayuda divina. Pocos árboles y un panorama tétrico y angustiante se distinguen en lontananza.
Vinieron a mi mente aquellas imágenes de personas y animales de países lejanos que se presentaban en la prensa internacional para enseñarnos, a través de esos medios informativos, lo que sucedía cuando no se poseía la riqueza de la prevención. Creí que nuevamente se daban noticias de allende los mares. Me preocupé y me puse a pensar en la manera cómo se destruye la vida que hay en esas tierras. Sin embargo, no eran unas imágenes de allá, sino de aquí cerca, en nuestras tierras colombianas. Eran las desoladas praderas de uno de los municipios del Departamento del Casanare.
Sí, como salió en un periódico de circulación nacional “Más de 20 mil animales, entre chigüiros, cerdos, ganado, peces, caimanes, tortugas y venados, han muerto en los últimos días”, el terror apocalíptico ahora lo teníamos presente en nuestra realidad. Estos animales habían perecido, porque las fuentes de aguas que les mitigaba la sed, estaban secas y sin la esperanza de llenarse por ahora, por la poca posibilidad de lluvias, debido a fenómenos atmosféricos de la época, el cambio climático.
El terror había llegado a nuestra nación: “Cerca de 250.000 hectáreas de verdes sabanas colmadas de agua y animales en Casanare se han convertido ahora en un desierto”. “Crece la preocupación entre los habitantes, quienes atribuyen el desastre ecológico a la contaminación de las petroleras”. Enunciados desesperanzadores y aciagos se cristalizaban en la prensa sin que hubiese un criterio sensato que  señalara las razones contundente del porqué se estaba presentando ese fenómeno terrorífico contra la vida.
Se escuchaban las voces de personalidades responsables hasta los tuétanos con el Medio Ambiente, pero muy poco comprometidas con él. Todo era más que explicaciones sin razón, juego de palabras de un discurso de una tragedia anunciada desde hace muchos años por unos locos que criticaban el deterioro de nuestro ecosistema y la voracidad capitalista y globalizante de la ciencia y la tecnología. La señora Ministra, Luz Elena Sarmiento, decía que todo esto no era más que “originado por la sobreexplotación de las tierras, el mal uso del agua y la falta de cuidado a los nacimientos”. Asimismo, en su explicación achacaba todo de manera olímpica “a  una expansión bastante alta de la ganadería extensiva y de otro tipo de proyectos agrícolas; así como el tema petrolero también puede estar impactando”.  Pero, surgen las preguntas ¿Dónde están los controles estatales y gubernamentales tanto de la nación como del ente regional para que no se presente esto? ¿No existe una legislación que regule estas actividades? ¿O estamos en una nación que no tiene dolientes, donde las empresas multinacionales petroleras, mineras y agrícolas como también los grandes terratenientes hacen de la suyas sin que se les diga nada ni se les controle? En mi concepto esto que está sucediendo debe ser investigado por todas las instancias relacionadas con el control de las políticas económicas, sociales, financieras y ambientales. No puede pasar desapercibido sin que haya claridad de la problemática ni responsables directos.
Un departamento  con una superficie de 44.640 km2  y una  Población de 325.389 habitantes, según informe del DANE-2005, con diecinueve  municipios y once corregimientos, cuya  economía se basa  en la producción ganadera, agrícola y en la explotación petrolera y minera, debió prever una situación como ésta por la manera como se iban dando la deforestación y la tala de árboles para el desarrollo de los anteriores sectores. Los campos petrolíferos  Cusiana y Cupiagua  generan  los mayores ingresos para esta parte del país. Al departamento del Casanare, ingresan por concepto de regalías,  aproximadamente 5.000 millones de dólares durante la ejecución  del proyecto.  Por tanto, si se hubiera hecho un trabajo multidisciplinar que analizara los costes y beneficios de todo este “desarrollo económico” muy seguramente no estuviéramos mirando el desastre ambiental y ecológico de este departamento.
Creo que ha faltado mirar más allá del problema ambiental para entrar en un análisis de fondo del comportamiento humano ante los retos de la vida terrenal. Debería haber una sabiduría para manejar el conocimiento de la ciencia y la tecnología que medie en beneficio no solo de la especie humana, sino también de todas aquellas especies que hacen parte de un ecosistema tan variopinto y especial como el nuestro. Es decir, una ética para la vida en general. Tal vez lo que ha faltado en la mayoría de los tecnócratas gubernamentales ha sido poseer una sabiduría para saber hacer preguntas inteligentes, pertinentes, oportunas y bien claras sobre las acciones humanas con la aplicación de tecno-ciencia en las realidades socioculturales de nuestro país.  Pues cada vez se ve más el detrimento de los seres humanos y el medio ambiente por el abuso indiscriminado del imperio moral de la tecnología donde, como lo plantea el profesor Gilberto Celys Galindo: “La razón económica potencia así la capacidad dominadora y autonómica  de la razón instrumental, evitando la pregunta de si hay subordinación de la tecno-ciencia a la economía  para afirmar directamente que se trata de un proceso complejo de condicionamiento recíproco. La consecuencia lógica de este condicionamiento reciproco queda a la vista en las sociedades regidas por el neoliberalismo económico, que no solamente incrementa su poder dominador sobre la naturaleza convirtiéndola en materia prima con valor agregado tecno-científico, sin poner atención a los gigantescos daños ambientales, sino que también ejerce acciones avasalladoras del hombre sobre el mismo hombre, en contravía de la dignidad humana”.
*Docente de Castellano y Literatura  del Distrito de Cartagena de Indias en la Institución Educativa Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de Comunicación Oral y Escrita en la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco.

A nuestro idioma castellano



Se dice que en el año 1926 el escrito valenciano Vicente Clavel Andrés propuso celebrar la literatura, crisol de la creatividad en su amplio significado e importancia, escogiendo este día para tal fin. Sin embargo, fue en el mes de octubre 1946 cuando se aceptó esta  idea. La aceptación permitió la expansión de la propuesta que gradualmente se impuso, aceptándose en todos los países de habla hispana.  Para resaltar, en esta fecha también se celebra el día del libro, cuyo propósito es destacar la creación de esta herramienta del pensamiento y los saberes humanos como una de las que más ha contribuido al crecimiento de las culturas y  las civilizaciones a través de las palabras impresa.
El Día del Idioma castellano  se institucionalizó en Colombia mediante el decreto ejecutivo “708 del 23 de abril de 1938, durante la administración del Presidente Alfonso López Pumarejo, siendo Ministro de Educación Nacional José Joaquín Castro Martínez”. Hecho que marca un hito para la historia de unos de los países que ha forjado culturalmente su buen nombre con los aportes de grandes escritores, gramáticos y poetas de reconocimiento internacional, tal es el caso de nuestro fallecido premio Nobel Gabriel García Márquez, considerado como uno de los más destacados escritores de habla hispana.
La internacionalización y la creación de las Academias Nacionales del Idioma Castellano en los países de habla hispánica permitieron darle la preponderancia a ésta como también su valía lingüística. Actualmente más de 460 millones de personas hablan y defiendan con ahínco el idioma castellano, haciendo de él uno de los más importantes en todas sus dimensiones. Lo anterior es consecuencia de la imposición y usos de variantes lingüísticas que lo  fortalecen y alimentan cotidianamente con sus valiosos aportes. De allí el crecimiento de una lengua viva y dinámica como la castellana.
Cabe destacar que en su esencia toda lengua o idioma tiende a transformarse, acorde a las necesidades de comunicación e información de los “genios del idioma”, sus hablantes.
El castellano es un órgano vivo como cualquier otro; no permanece inamovible e inalterable, pues si no es así, se anquilosa y muere. En su proceso social o intersubjetivo se adapta a las necesidades de sus hablantes. Él no está exento de este proceso.
Es destacable no olvidar que en esa evolución se presentan modificaciones sustanciales que pueden transformar o convertirlo en otro idioma, como sucedió con el latín en los siglos anteriores al XIII. Proceso de transformación que, después de recibir los influjos de otras lenguas, comenzó a propiciar lo que conocemos hoy como los idiomas románticos o romances: español o castellano, francés, portugués, italiano, entre otros.
En el campo específico del castellano, los cambios lingüísticos que se presentan en la estructura de él son: el léxico, el fonológico, el morfológico, y el sintáctico.
El primero de ellos se da por tres fenómenos: la adición, la pérdida y el cambio. “La adición supone la incorporación de nuevas palabras al léxico de una lengua, la pérdida es la desaparición de palabras de una lengua y el cambio se define como una variación en el significado de las palabras de una lengua.” En castellano tenemos muchos referidos a éste, tales como la incorporación de nuevas palabras como fútbol, referí, formatear, entre muchas otras.
El segundo, en su proceso evolutivo, también genera cambios en su pronunciación o en algunos de los sonidos que la componen. Asimismo, el cambio morfológico juega papel importante en esta evolución de la lengua, puesto que la adición o supresión de algunos fonemas crea modificaciones en la estructura de las palabras de tal forma que surgen palabras por Prótesis, epéntesis, paragoge, aféresis, síncopa o apócope.
Por último, los cambios sintácticos o en las oraciones, son consecuencia de la avance del idioma. Nuestro idioma es prolijo en estos. Creo que el espacio no permitirá una extensión con ejemplos, pero si es bueno decir que se “ha pasado de una sistema de declinaciones a un sistema preposicional para indicar la función que un determinado elemento cumple dentro de la oración. De este modo en la actualidad se utiliza una preposición para indicar el complemento indirecto y no la forma acusativa, como se hacía en latín”.
De todo lo anterior se desprende que como hablantes de este idioma, no obstante nuestros antepasados amerindios haber sido invisibilizados a través de un proceso de subyugación y expoliación de muchos años, debemos cantar y celebrar nuestra lengua, porque también nosotros hemos aportado a su engrandecimiento y fortalecimiento.
*Docente de Lengua castellana y literatura del Distrito de Cartagena en la Institución Educativa Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de Comunicación Oral y escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco.

lunes, 29 de julio de 2013

Tú me ayudas, yo te ayudo: connivencia con la corrupción.

Emilio Kesler lanza una sonrisa cuando pasa soterradamente el billete de veinte mil pesos al agente de tránsito, después de haberse volado un semáforo y de ser detenido. No tuvo en cuenta si los peatones pasaban en ese instante o si venían otros autos por la calle para cometer la infracción, tampoco para pasar el billete. 
Total le daba lo mismo; él podía ofrecerle a cualquier agente de tránsito o de policía los billetes con tal de que lo dejaran tranquilo. Igualmente, Pedro Oyola Escudero, “El Papi”, desempleado desde hace mucho rato que hasta ya lo olvidó, el día de las elecciones para la escogencia del nuevo alcalde, recibe la suma de veinte mil pesos y una botella de ron para votar por uno de los candidatos. Caso muy común para la época electoral. Mientras que, la “Social and International Company de Tanzania” ofrece una cantidad enorme de dinero para ganar la licitación de la nueva central hidroeléctrica que se construirá en este departamento.
Aparentemente esta ilustración, sacada de la ficción, no es más que la evidencia de una realidad vivida cotidianamente en cualquier contexto del país. El soborno, la corrupción, el boleteo, el carrusel, la mordida, la coima o como se denominase cualquiera de sus manifestaciones parecieran ser inherente a la condición del ser colombiano. Sin embargo, esto no se podría ni afirmar ni negar categóricamente, porque aunque existan evidencias a través de la historia, sería difícil demostrarlo. Tal vez sea un problema estructural de todas las sociedades o quizás hace parte de la cultura del dinero fácil. No lo sabría afirmar. Pero, de que existe, existe.
Entonces, si se analizaran las narraciones anteriores, sin ahondar, y poniendo un poco de sentido común al problema, nos daríamos cuenta que son comportamientos generalizados y ya hacen parte de una cultura en contravía de los principios éticos y morales elementales de cualquier sociedad. ¿Pero se tendrá que soportar inclementemente la corrupción como si fuera la esencia de nuestros comportamientos o el pan nuestro de cada día? ¿Cómo combatir ese flagelo mundial que permea todas las instancias públicas y privadas? Algunas alternativas están supuestamente en la educación y en la defensa de una cultura del respeto y el servicio desinteresado al prójimo ¿Pero, qué educación y qué cultura? ¿La de la ilegalidad, la compra de votos, el traqueteo, la extorsión, el boleteo entre muchas otras manifestaciones corruptas cotidianas que se presentan en este país del Sagrado Corazón? Estamos en una encrucijada que merece auto-reflexionar como individuos y como sociedad. La corrupción hace que los intereses particulares primen sobre los de la comunidad y desacreditan, debilitando los principios de civilidad, la convivencia, la moralidad y la ética ciudadana.
Por otra parte, para argumentar lo anterior, se recoge lo expresado por el señor Armando Montenegro con cifras contundente de Transparencia Internacional. Grosso modo manifestaba: “En 1997, Colombia, en medio de sus legendarios escándalos políticos, fue considerado el tercer país más corrupto, medalla de bronce, entre los 52 países que eran objeto del estudio de Transparencia Internacional (con innegable exageración, un conocido reporte de esos años hablaba de que Colombia se había convertido en una cleptocracia). De ahí en adelante la situación mejoró. Y en 2003, en el estudio de Transparencia que ya abarcaba a 133 países, Colombia ocupó el puesto 59, cerca de la mitad de la tabla”. Asimismo, este señor, hacía alusión a otros informes tales como “En 2005, por ejemplo, Colombia ocupó el puesto 55 entre 155 países. Y desde entonces, año tras año, el país ha perdido 39 posiciones”. Además señalaba que “2012 Colombia ocupó allí el puesto 94 entre 174 países. No sólo apareció entre los corruptos de América Latina, cerca de Argentina y México, sino que superó a países reconocidos por sus problemas en esta materia, como China y Zambia”. Luego entonces, debido a esa realidad muchos de los corruptos del país estarán luchando por ganarse la medalla de oro y ocupar el primer puesto para mancillar el nombre de un país supuestamente rico y desarrollado, pero no progresista. Colombia viene acrecentando, en el contexto mundial, índices de corrupción que nos llenan de zozobra y escozor, no obstante los muchos controles que realizan los entes encargados de velar y cuidar los bienes del Estado.
Por último, es bueno expresar que el incumplimiento de un Estado y sus gobernantes con sus compromisos sociales permite que entre muchos exista la idea de que no importa “cuánto robe si se hacen obras” de cualquier índole. De lo cual se colige que la actitud de connivencia con la corrupción puede interpretarse como una anuencia al ilícito. Justificación que deslegitima el fortalecimiento de las instituciones democráticas en un país donde el adecuado cumplimiento de las normas se mira como algo completamente raro.

domingo, 23 de septiembre de 2012

LA IMPORTANCIA DE LA LECTURA EN EL SIGLO XXI





Me place saber que aún hay personas que opinan con un marcado sentido social y no se quedan en la superficialidad. Tal es el caso del columnista Alonso Sánchez Baute, quien escribió hace días un texto sobre la lectura en un periódico de la costa. Creo que es diciente e invita a pensar, aunque pueda haber algunos que no alcancen a vislumbrar la intencionalidad de su texto y no lo trasciendan porque no poseen las herramientas conceptuales para inferirlo.
Sí, la actividad lectora trasciende lo literal. El texto solicita del lector actos cognitivos complejos que muchas veces no se realizan por  pereza mental, creada y alimentada cotidianamente; o también, porque no existe la preparación para abordarlos y asimilarlos. Aquí todos tenemos culpa: la familia, la iglesia, la escuela, el estado, la comunidad, los medios, entre otros actores sociales. Es hora de resarcir esa gran falencia histórica. Quizás con programas o con campañas que muchas veces no son evaluadas para saber si hubo o no beneficios, pero que pueden ser aprovechadas por los “ingenieros sociales”, los maestros, para sacar provecho de ello y generar una cultura por y para la lectura y la escritura críticas.
Leer, ¿para qué? Se piensa que es una actividad más para pasar el tiempo de ocio o para responder preguntas en los exámenes. Esas son actividades de las muchas que pueden realizarse con la lectura. Sin embargo, si se analiza con sindéresis se hallará su significado, sentido y funcionalidad social, cultural y científica. Leer es dialogar con los tiempos; intercambiar ideas, rumiar el texto, trabajarlo, comprender e interpretar. No es repetir. Es una construcción de dos seres que debaten y combaten para no dejarse vencer el uno del otro. Leer para la rebelión y la revelación.
No se puede seguir en “la cárcel del subdesarrollo”. El conformismo y la desidia quizás sean los artífices de una sociedad aletargada por los mass-medios. Tal vez la brecha cognitiva y cognoscitiva entre una clase y otra, si verdaderamente hubiera un política lectoescritural, no existiría, puesto que  sería una ficción. Pero, el abismo es inmenso.
Nuestra permisividad por aceptar la mediocridad nos hace muy endeble para contrarrestar los verdaderos intereses de gobernantes, que miran con desdén a quienes no nacieron con abolengo ni dinero.
Hace días un profesor renunciaba a su cátedra universitaria, tal vez simbólicamente, para poner el dedo en la llaga de nuestro sistema educativo. Esta situación debería analizarse en doble vía: desde la percepción del maestro como la de sus estudiantes. No sé si ellos se manifestaron. Allí se aprecia la reiteración o el sobre-diagnostico que desde hace décadas se hace de niños y jóvenes colombianos: nuestros niños y jóvenes no saben leer. El famoso cuento del gallo capón.
El problema radica en la forma como se trata la enfermedad. En un documento del lingüista Noam Chomsky “Diez Estrategias de Manipulación” que utilizan para hacernos ovejitas, se percibe que las distracciones recibidas cotidianamente se emplean para desviarnos la atención de “los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en todas las áreas del saber. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, sin ningún tiempo para pensar” es la estrategia. Cualquier parecido con nuestra realidad es pura coincidencia.
Asimismo, la estrategia del estimulo de lo mediocre “Promover al público a creer que es “La moda” ser simple, estúpido, vulgar e inculto. Instando a tratar como a “Bicho raro” a quien piensa más de la cuenta. ¿Irónico, no?”. Es una de las estrategias más empleada por la televisión. En este caso, quien piense diferente hay que excluirlo o desaparecerlo; es enemigo y no debe vivir. ¿Irónico, no?

BACANTES Y PLAÑIDERAS DEL PAIS DEL “TODO PASA Y NADA PASA”







Si mal no estoy, en el siglo V a.C, en la Grecia clásica, emergieron las Bacantes, ese grupo de mujeres adoradoras de Baco, que les rendían tributo al dios del vino; de manera similar, en el “País del todo pasa y nada pasa”, surgieron los seguidores y adoradores del pensamiento de un  “Seudo Gran héroe”, con la diferencia que éstas no danzan ni disfrutan los momentos de éxtasis, sino que lloran amargamente. En ese país amnésico y adormecido, que intenta levantarse y caminar como Lázaro, pero que no lo dejan porque no conviene que se descubra a sí mismo, estas impúdicas lanzan improperios y expresiones infundadas contra aquel que ose oponerse a su héroe.
Ese “Seudo Gran héroe”,  modelo de persona que no deja de molestar, no obstante encontrarse en uso de buen retiro, después de haber desangrado y engañado a esa nación, tiene a sus áulicos y bacantes, cual canario montuno y silvestre, comiendo diariamente con trinos disonantes. Pero lo que más llama la atención de esto es la similitud que posee la actitud de éste con aquellos héroes trágicos. Araceli Laurence, en  Locura y destrucción en el teatro griego clásico, escribe Los héroes trágicos, en general, tienen muchos puntos en común con los locos: son destructivos, se matan a sí mismos y matan a otros, se enceguecen y dejan ciegos a otros. Los héroes trágicos ven las cosas de un modo particular, solo ellos tienen esa visión: Antígona rechaza a su hermana Ismene porque no ve las cosas como ella, la primera es una heroína, la segunda, no”. Pareciera que el tiempo se hubiera detenido en ese espacio para estar asistiendo a la escenificación de una gran tragedia griega donde los locos intentan ser dioses o algo así por el estilo.
Sin embargo, no deseo realizar un estudio histórico sobre las Bacantes porque no sería ecuánime con su aporte al desarrollo de una de las manifestaciones del arte escénico, sino hacer un cuadro comparativo entre ellas y un grupo de Bacantes más actualizadas y estilizadas que diariamente aplauden y vitorean a su “Seudo Gran héroe” como si éste fuera el culmen de la intelectualidad y la síntesis del pensamiento equilibrado. Esto es, Bacantes disfrazadas de, lobos blancos y lobas negras, tigrillos, monos, orangutanes, eunucos y seudointelectuales con ánimo de sobresalir y desempeñar papel protagónico sin tener un ápice de materia gris para discernir entre el bien y el mal, o de, mínimamente,  ser capaces de no beber la amargura o ese icor de dios olímpico que destila por la herida, su “Seudo Gran héroe”,  para no ser considerados idiotas útiles a una causa perdida desde hace rato.
Aunque hay una diferencia enorme entre unas y otras. Mientras esas mujeres gozaban de su dios con sus danzas y orgías extáticas; los seguidores acríticos del “Seudo Gran héroe” pierden el placer de gozar por estar ofreciéndole éste a su líder. Inmersos en su idolatría se adormecen no enterándose que amaneció hace rato y que la terrible noche cesó, mostrando que se cometieron desplazamientos, violaciones, desapariciones, invisibilizaciòn, persecución y asesinato sin el menor recato ni sensibilidad ante hijos, hermanos, madres y esposas. Que el día llegó y los rayos solares alumbraron una realidad que hace ser conscientes a sus ciudadanos de la importancia de la reconciliación.
También  se puede comparar a este grupo de personajes paranoicos con el de las tradicionales plañideras. Mientras las plañideras muy llorosas y expresivas no sabían cómo ni qué decir cuando perdían a sus seres queridos; las plañideras del   “País del todo pasa y nada pasa” se dedican a despotricar, desde todos los medios habidos, contra todo lo que huela a pueblo. Un coro quejumbroso y suplicante se eleva al Olimpo pidiendo el castigo eterno a quienes se opongan a sus percepciones e ideas; pues, no les gusta ni la paz ni las reformas ni mucho menos el bien para los demás, sino la ley del embudo y la connivencia con lo ilícito y oscuro. Claro, hay que aclarar que las  diferencias entre unas y otras, cuando se dan eventos diferentes, es muy enorme.
Por ùltimo, es bueno anotar que el término plañidera tiene la denotación, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, de  “Mujer a la que se pagaba por ir a llorar a los entierros.”. Teniendo además  los consabidos sinónimos de llorona, suspirante, sollozante. Asimismo, se enuncia la acepción  de plañidero como lastimero, suplicante, llorón, quejumbroso, quejica, etc. Se trae a colación esta comparación para ilustrar metafóricamente la situación que se da entre los seguidores del Seudo Gran héroe” y los hechos y eventos de ese país enfermo por la peste del olvido.
Referencia
Laurence, Araceli, Locura y destrucción en el teatro griego clásico:   http://www.ucm.es/info/especulo/numero38/locuragr.html

viernes, 14 de septiembre de 2012

El maestro: Entre la realidad y la ficción



(In Memoriam a Emery Barrios Badel)

Autor: Edinson Pedroza Doria*

“Enseñar debe propiciar un aprender comprendiendo,
atendiendo lo que se está haciendo,
para que no siga siendo una simple recepción mecánica, sensible”

José Iván Bedoya

Un destello de luz blanquecina partió en dos mitades su pensamiento. Sólo así, de esta forma, pudo comprobar que existía, que estaba respirando y que había nacido para  dejar su indeleble huella en este valle de pesares, lágrimas y alegrías. Un momento de éxtasis lo invadió y alcanzó a comprender que enseñar es cosa de artistas. Que debía poner en ese quehacer un poco de sí, de su existencia. Sintió miedo del mundo, pero su amor era grande para dejarse vencer por las adversidades. A lo lejos pudo distinguir el mar quieto de sus ancestros y no tuvo más que ver la cadencia de los alcatraces lanzándose una y otra vez contra la lámina gris de aguas salitrosas e indómitas que sitia  la ciudad por el norte y luego la penetra hasta hacerla suya.

El maestro sabía que había personas que afrentaban su oficio y que creían que enseñar es instruir o tirar información para que los otros repitan como  autómatas. Muchas veces intentó explicarse el porqué los demás no comprendían la universalidad del ser maestro; pues lo miraban con desdén cuando él comenzaba sus charlas. Sintió en su carne viva el suplicio de la afrenta y pidió perdón por ellos.

Muchos atrevidamente, desconociendo totalmente lo que es ser maestro, lanzaban improperios contra todo lo que oliera a magisterio. Él lograba comprenderlos y les perdonaba porque sabía que nunca habían conocido el amor al prójimo ni mucho menos el significado del conocer, del aprender y de enseñar. Estaban llenos de opiniones vagas y erróneas, y eso los hacía endebles cuando intentaban argumentar.

El maestro pensó que eso ya lo había vivido otras veces; quizás  todo había sido un sueño mil veces soñado en otros tiempos de abundancia, cuando la miseria de espíritu no existía; cuando su padre le enseñaba a través de parábolas, que era mejor aprender a pescar para mitigar el hambre, que tener un pez para el momento.

El pensamiento del maestro se fue diluyendo en brillos milenarios, repartidos en pedacitos multicolores cargados de ese afecto que sentía por los más débiles; luego esas ideas recurrentes se fueron incrustando en los meandros de su memoria. A él le hacían sentirse más fuerte y con ganas de seguir enseñando con  sabias palabras. Mirar el mar le reconfortaba, más cuando el sol comenzaba a fenecer, avisando el ocaso del día.

Entonces se perdió en las profundidades oscuras de la meditación;  una lluvia de interrogantes brotó cual manantial  catalizador de  su energía vital. Verdaderamente ¿Era un artista? ¿Era un maestro o un enviado de la providencia para recibir los escupitajos de sus enemigos? ¿Qué significaba poner parte de su vida para que los otros se saciaran con él, invisibilizándolo y considerándolo uno más de los tantos que hay recorriendo el mundo? Eran preguntas que nacían límpidas como  el niño recién nacido.

Una y otra vez se martirizaba con aquellos interrogantes. No sabía cómo responderse, aunque su cabeza era una caldera ardiente de ideas y proyectos que intentaban desbordarse hacia sus discípulos. Pensó que de su obra, de sus palabras no estaba quedando nada. Se lamentaba cuando conversaba amenamente con nosotros de esos temores arraigados en su ser, pero no daba su brazo a torcer. No era tan cobarde  y los retos lo hacían un verdadero líder.

¿La humanidad quizás lo estaba olvidando o lo relegaría al cuarto de los trastes viejos? No lo podía afirmar categóricamente.  A pesar de todo se empecinaba en enseñar, porque la clarividencia de un futuro mejor lo estimulaba a no abandonar sus propósitos. Aún tenía la esperanza de una vida equilibrada. Para él enseñar era belleza que disfrutar y deleitarse.

En él pervivía una voracidad casi  enfermiza de crear y de ayudar a construir un mejor “status” para sus discípulos y creyentes. Esa idea lo acompañó desde que decidió ser maestro de aquella masa apachurrada por la pobreza y desarrapada de jóvenes y niños que seguía sus enseñanzas.

El maestro recordó a su viejo maestro cuando éste  le expresaba con aquella lucidez de prestidigitador que “El estado mejor organizado es aquel en que todos los individuos que lo conforman convergen para lograr el fin político: la justicia, según sus diversas aptitudes o disposiciones naturales”. Sin embargo, ahora no era más que un maestro acosado por la incertidumbre de unos tiempos aciagos y violentos; pero, un maestro empecinado en seguir los dictados del corazón, la razón y la pasión de enseñar. Concebía la ignorancia como aquel estado de llenura; llenura de opiniones acríticas que se soportaban en el uso muchas veces de la fuerza bruta y opresiva de la insensatez; llenura porque no se hacía la reflexión de lo aparente, de lo que se cree es el verdadero conocimiento.

Volvió a sentir en sus cansados huesos la energía de la juventud acumulada en sus saberes y pidió con el corazón en sus manos porque todos comprendieran que “el amor por el saber no se agota en su adquisición o en su transmisión, sino que consiste en última instancia en saber despertar la verdadera dinámica para que se desarrolle completamente en forma autónoma”.

La búsqueda de la belleza y el conocimiento le había conducido a entender que su esencia no era terrenal; que estaba en otra dimensión, en un estado místico de epifanía.  Él siempre creyó que detrás de todo, una fuerza poderosa le guiaba siempre su imaginación. Se aferraba con fuerza para no caer de ese mundo incomprendido por la mayoría, pero que lo motivaba a seguir soñando por lo que él creía. Dejó que sus huesos descansaran un poco para continuar con su recorrido mental.

Un pensamiento ágil y dinámico lo acompañaba a componer y descomponer ese rompecabezas cotidiano que el común de los mortales critica sin saber, desconociendo cómo se realiza ni cuál es el tiempo y la zozobra que se sufre en su cristalización.

Reducido a esa actividad enfermiza de crear siempre pensando en los demás, buscaba formas de hacer que sus enseñanzas fueran diferentes y cumplieran sus propósitos. No quería quedar con el remordimiento de haber existido y no haber tenido la valentía de manifestarse bellamente con sus palabras y sus actos.  Caía en un vórtice desesperado al no encontrar una salida rápida a sus deseos inmediatos y apremiantes: ver a sus discípulos guiando con consejos a una muchedumbre ávida de justicia y amor.

El maestro con el ancestral mecanismo de mantenerse escuchando la música del mar interpretada por las gaitas y tamboras de su tierra, engañaba la premura de los tiempos del olvido. No decaía tan fácilmente, porque sus sueños serían soñados y cumplidos por otros. Sus huellas quedarían para la posteridad. Sintió un descanso perenne y un sopor tranquilizador le invadió todo el cuerpo. Parecía que su corazón se dividía en pedacitos luminosos. Era el momento, pensó; cerró sus ojos y se olvidó de él, extasiándose del deber cumplido.

No se dejó engañar por la dulzura aletargante del momento y suspiró haciendo entrar en sus pulmones el aire pegajoso y salobre de aquel septiembre caribeño.

El sol aún no se ocultaba. La brisa le recordó el compromiso que tenía aquella tarde con sus discípulos y compañeros. No supo qué hacer y recordó lo leído en algún libro védico: “todo discípulo debe tener conciencia que desear conocer, que necesitar conocer, debe mantener o preservar ese deseo como una aptitud incesante que le va a permitir dinamizar en él un verdadero proceso de conocimiento autónomo”. De belleza y libertad, diría él.

Sintió una liberación plena. Sus demonios quedaron encerrados en un pretérito infecundo. Ya no habría que temerle a la desesperación de tener que salir de aquel encierro y tener que cargar con ellos, pues, ahora, todo estaba como el destino se lo marcaba en las estrellas,…un camino lleno de tulipanes añosos le enseñaría a meditar desde la otra orilla del océano. Se maravilló de su descubrimiento. Dejó escapar una sonrisa rosada de su boca. La máscara, que por mucho tiempo le ocultó su verdadero rostro, cayó al piso de tierra y comenzaron a brotar los sentimientos de inmortalidad que le hicieron alcanzar la máxima excelsitud del artista y del maestro: haber descubierto que la belleza se encuentra en la simplicidad de las cosas. Que la naturaleza no niega su esencia. Que se puede morir cuando se tiene conciencia de la misma muerte.
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*Docente de español y Literatura del Distrito de Cartagena de Indias en la Institución Educativa Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de Comunicación Oral y Escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco.
Nota: Algunas ideas entrecomilladas fueron sacadas del libro Epistemología y Pedagogía, ensayo histórico crítico sobre el objeto y método pedagógico, del Profesor: Bedoya, José Iván, Ecoe ediciones, Sexta edición, 2009.

LA ODIESEA DE PEDRO PUEBLO




Médicos. Hombres de suerte.
 Sus éxitos brillan al sol...
y sus errores los cubre la tierra.”
(Michel E. De Montaigne)

La mañana aún no ha permitido que el sol salga a dar los buenos días a esta sufrida masa de personas que, guareciéndose de la pertinaz lluvia,  espera que abran los consultorios de la clínica donde son atendidos con displicencia por una caterva de “Nuevos profesionales de la medicina” desde hace unos años, quizás con los mismos problemas que ellos o tal vez peores. No se sabe.
Ya la imposición del nuevo sistema de salud ha hecho de las suyas desde aquel diciembre veintitrés del noventa y tres. Jamás se pensó que sería la invisibilizaciòn y el deterioro de la condición humana en un país tan creyente a la virgen y al sagrado corazón, donde nos matamos por un gol y nos damos golpe de pecho cuando alguien critica fuertemente las anomalías, acudiendo a nuestra limpidez y asepsia moral. Sin embargo, allí estaba esa masa humana o “Pedro Pueblo”, como se le conoce, esperando, o mejor dicho, suplicando algo que estaba reglado en una ley hecha quizás para controlar la natalidad y el crecimiento demográfico. No se sabe cuáles fueron sus verdaderos propósitos ni quien los craneò  con tanta malevolencia. O tal vez se sabe, pero no nos atrevemos a decirlo por temor a desaparecer.
“Pedro Pueblo” muchas veces suplica a través de  tutelas para que lo  atiendan y lo dejen vivir, no obstante  la voracidad y la deshumanización de los dueños de esas empresas de muerte. Él no quiere morir abandonado de la mano de Dios por la insensibilidad de estas bestias y la abulia estatal.
El tiempo transcurre como si no fuera valioso para ellos. “Pedro Pueblo”, protegido con un viejo periódico, espera tejiendo y destejiendo, tal como Penélope de Ulises, las palabras con las cuales lo ilusionaron cuando apenas se hablaba en los salones y círculos políticos de las ganancias, ventajas y negociados que se podían obtener con la creación de clínicas y centros de atención de salud para él. A su mente llegaban a raudales imágenes y palabras de entrevistas de gurúes, expertos y especialistas que se aventuraban a vaticinar una sociedad equilibrada e igualitaria tutelada por un estado y unos gobiernos democráticos, defensores de sus derechos de la salud y el bienestar social y de unas empresas de salud límpidas y deseosas de servir a todos. Noticias lanzadas al aire por la radio, la prensa escrita y la televisión de los beneficios de esa nueva estructura empresarial para atender la salud de la gente. Eran la panacea del gran cáncer y la deteriorada salud del país y el sucedáneo ideal del I.S.S. Total, no había quien rebatiera con buenos argumentos las desventajas del nuevo sistema y quien lo hiciera era enemigo del sistema y estaba en la lista negra de los posibles desaparecidos.
Así una a una se fueron hilvanando algunas relucientes palabras  de la ley 100, convertidas en interrogantes en la mente de “Pedro Pueblo” : ¿Seguridad Social Integral?¿ disponen la persona y la comunidad para gozar de una calidad de vida?¿ cobertura integral de las contingencias?¿ lograr el bienestar individual y la integración de la comunidad?¿ derechos irrenunciables de la persona y la comunidad para obtener la calidad de vida acorde con la dignidad humana?¿ obligaciones del Estado y la sociedad, las instituciones y los recursos destinados a garantizar la cobertura? ¿El servicio público esencial de seguridad social se prestará con sujeción a los principios de eficiencia, universalidad, solidaridad, integralidad, unidad y participación? Mientras  Pedro Pueblo va interrogándose, es atendido sin ser auscultado como debería hacerse en toda consulta médica, pues el médico sólo le presta atención al software del computador para prescribir el  Ibuprofeno genérico, la Tiamina de siempre, con el antiparasitario perenne, después de preguntarle el nombre y la edad. El dolor y el abandono lo matan lentamente y  le acrecientan las posibilidades de morir sin disfrutar de una pensión. Pues ya ni trabajo tiene para alcanzar su pensión y si tiene el derecho a tal privilegio muy seguramente no lo disfrutará en esta vida. Así, con ese desconsuelo generalizado, “Pedro Pueblo” regresa a su casa con la convicción de curarse con las oraciones a sus santos predilectos.