viernes, 14 de mayo de 2010

El arte de ser maestro

EL ARTE DE SER MAESTRO
In memoriam a mis colegas y amigos: Olga Villegas Robles, William Salgado y Alfonso Rodríguez.
“¡De memoria!
Así rapan los intelectos como las cabezas
. Así sofocan la persona del niño,
en vez de facilitar el movimiento y expresión
de la originalidad que cada criatura trae en sí;
así producen una uniformidad repugnante
y estéril
y una especie de librea de las inteligencias.”
José Martí
Autor: Edinson Pedroza Doria

RESUMEN

El magisterio implica, además de compromisos ético, moral e intelectual, una convicción política que posibilite las transformaciones requeridas por la realidad desde donde se aplique su práctica pedagógico. No vale poseer un dominio de conceptos y herramientas didáctico-pedagógica, si no hay un ideal de sociedad. Cambiar lo establecido no se ejecutará jamás, puesto que, si el maestro y su praxis no tienen este ideal, todo permanecerá inalterable a su alrededor. Maestro connota cambio, transformación desde cualquier percepción que se le mire; el dinamismo y la búsqueda de cosas mejores son su bandera e intencionalidad pedagógica.Entonces, el arte de ser maestro va más allá de la instrucción acrítica de aprendices para generar una revolución en el pensamiento y el conocimiento. El maestro es guía y luz de estos últimos.


¿Qué significa ser maestro? ¿Compromiso de convicciones profundas o mera alternativa de advenedizos sin vocación e intencionalidad pedagógica? Aparentemente las respuestas son múltiples, acordes a la formación y la posición política de quien responda. Sin embargo, en una sociedad mediatizada y globalizada, los profesionales de la educación, tal vez no poseen esas herramientas requeridas para configurar un ideal de individuo para la época, puesto que la realidad ha comenzado a ensancharse de tal forma que es imposible abarcarla de un vistazo y con la misma idealización de hace algunos años atrás. El aletargamiento del medio permite que haya un juego entre lo que se desea y las circunstancias del acto educativo, y lo que prima son intereses materialistas que confunden el arte de enseñar. Máxime en el comercio de la educación del siglo XXI.
Comencemos diciendo que el ser maestro consiste en hacerse un pilar fundamental de la sociedad y la cultura. No es cuestión de solución económica, porque no hay donde laborar y el único camino que queda, es ser profesor, profesión que cualquier instructor puede ejercer con lujo de detalles. No obstante, aún el maestro- puede leerse profesor- del aquí y del ahora, con contadas excepciones, no ha dimensionado su función socio-cultural por tener baja autoestima, o porque no se valora en su condición transformadora o por miedo a ser desaparecido por los fantasmas del amedrentamiento. Se ha acomodado y anquilosado en su rutina acrítica sin trascender en su quehacer.
No podemos olvidar que la educación es un acto político esencial y trae opciones para quien asiste a su praxis y el temor de quien maneja el poder. El maestro es un transformador por antonomasia. Educar es un arte y quien enseña, un artista; además de ser un rebelde contra el establecimiento.
Para ser maestro es necesario comprometerse consigo mismo y con el momento socio histórico; poseer una concepción amplia y profunda de la educación como arte y ciencia de conducir, guiar, liderar y orientar a niños y jóvenes. Este arte requiere sentido social, sinergia especial para que niños y jóvenes posibiliten una real transformación personal y social, no obstante la ideología de la inmovilidad del pensamiento pedagógico, subyacente en la sociedad.
Hoy, el pensamiento de no poder hacer nada ante el fatalismo de las políticas económicas y sociales imperantes, debilitan la resistencia de muchos maestros - léase profesor- que ven esfumarse sus esfuerzos en una cotidianidad inalterable y sin posibilidades para sus pupilos. La ética de mercado y la hegemonía de quienes empobrecen a la humanidad socavan las ideas de transformación e imponen sus ideologías a través de los medios, no beneficiando a la mayoría. La depredación de nuestra naturaleza, de nuestro planeta, es la piedra angular de comportamientos egoístas y desnaturalizados contra el mismo humano; no existe conciencia de grupo; la individualidad, el egoísmo permea el accionar de muchos.
Entonces, ser maestro compromete desde lo político, lo ético, lo pedagógico y lo epistemológico; por tanto, es una condición sine qua non para contrarrestar el poder hegemónico que no aceptará alternativas de transformación del establecimiento, ya que sería echarse la soga al cuello y perder sus espacios de poder. El magisterio es acción de rebeldía contra todo lo que atenta la condición humana. Es necesario resignificar el arte de enseñar con grandes ideas, valores y acontecimientos que encuentren en el hombre su sentido y significado. La escasez de percepciones dinámicas, que cambien la rutina reiterativa de enseñar para seguir en lo mismo, no debe imperar en las escuelas mientras haya maestros renovadores y conscientes con su función histórica; pues, “la educación es un proceso de conocimiento, formación política, manifestación ética, búsqueda de la belleza, capacitación científica y técnica”. Educación para la transformación de los seres humanos, indispensable y necesaria para una vida digna.
La búsqueda de un enfoque ético, que ponga a funcionar lo teòrico-pràctico del acto educativo en una “realidad inamovible”, vendida por las clases hegemónicas, sería el eje central de una pedagogía para la democracia. No es aceptable que el maestro niegue las injusticias y desigualdades que socavan la realidad donde ejerce sus actividades pedagógicas; ya que, la acción pedagógica debe estar inmersa en el reconocimiento del contexto. Educar conociendo el contexto es un principio epistemológico de una pedagogía dialéctica, reconocedora del diálogo y la contradicción como soportes de una educación liberadora, transformadora del hombre. Se sabe que a través de la violencia, la descalificación, la invisibilidad, el desplazamiento y el amedrentamiento, actos cotidianos y ejercicios del poder, amilanan las transformaciones soñadas desde el imaginario magisterial. La marginación, la falta de respeto hacia los derechos humanos, el acrecentamiento de la pobreza y la depredación del medio ambiente hacen carrera como cualquier acción benéfica para la humanidad. Por tanto, la toma de conciencia del maestro y de quienes educan es básica para contrarrestar la intolerancia y la exclusión. Conocemos la insensibilidad de muchos ante la mentira, el engaño, la calumnia, la injuria, la corrupción, el desplazamiento, la depredación de los recursos naturales; sin embargo, el maestro no encamina su quehacer hacia la ruptura del paradigma positivista del conocimiento, ese de las verdades inamovibles, olvidando que, la educación es un acto de quiebre, de toma de caminos hacia la materialización de sueños de igualdad que han movido a las grandes sociedades. Debe plantearse un discurso coherente entre práctica y teoría, que ahonde en un equilibro sociocultural. Como diría el pedagogo alemán Diesterweg “el mal maestro informa la verdad, mientras que el bueno enseña cómo encontrarla”.

La honestidad, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, entre muchos principios, deben manifestarse consecuentemente por el maestro para contrariar la ética mercantilista, de oferta y demanda, del cinismo y engaño, manifiestos en las actividades de quienes dirigen la nación. Recuperar la esperanza como acción o necesidad del ser a través de la historia; pues, “si cancelamos la esperanza y el sueño, no habrá entonces una plataforma para, desde ahí, pensar los demás temas”.

Referencia bibliográfica
Ortiz, Ocaña Alexander Luis; Metodología de la enseñanza problèmica en el aula de clases, Ediciones Asiesca. Barranquilla, Colombia, 2004.
Martínez, Liliana; Educación liberadora del oprimido, Documento; Morón, Argentina.
Botero, Uribe Darío; El derecho a la utopía; Ecoe, ediciones, Bogotá, 1997.

2 comentarios:

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  2. Dos cosas:
    Lo primero es particular, no por esto cursilería o demagogía sentimentalista. Como pocos, usted es la clase de maestro que no prolifera "verdades" sino que siembra inquietud en el estudiante, es admirable y aplaudible su actitud más aún en un medio en el que es difícil, por no decir peligroso, rebelarse contra el status quo diabólico.
    La parte objetiva, monumental escrito. Recoge y define usted de manera oportuna las bases para una educación revolucionaria, entendida esta como una educación que se muestre crítica ante los actos bárbaros de un pensamiento dominante que pretende uniformar al hombre, volverlo unidimensional -como dijera Marcuse- en todas las dimesiones (ética, política, social, económica, religiosa, etc.) simpre en función de los intereses mezquinos de las élites en el poder. Es usted osado -un maestro real- cuando denuncia la intención algo subrepticia del sistema educativo actual (uno tradicionalista, conservador, mercantilista) de mantener "embrutecidos" a los niños y jóvenes estudiantes. Es cierto que un maestro debe reconocer el entorno o contexto socieconómico para poder ejercer de manera transformadora el arte de ser maestro. Que la maestría no se convierta en una secta -ni satánica ni divina-, que no sea un dogma sino un proceso dialéctico es la exigencia que se propone.

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